miércoles, 23 de octubre de 2013

Enciende tu fe. Comparte tu luz

Curso de continuidad catequesis de adultos YOUCAT en la Parroquia de San Josemaría



¿CREO EN IGLESIA? 

El misterio de la Iglesia, fundada por Cristo, formada por pecadores.
¿Creo a la Iglesia o en la Iglesia? ¿Es Una, Santa,  Católica? ¿Qué tiene que hacer la Iglesia? ¿Hay que reformar la Iglesia?

Todo esto y más en los Cursos de continuidad de la catequesis de adultos y YOUCAT
Lunes alternos, a partir del lunes 28 de octubre, de 7,45 a 8 de la tarde, en El Lateral de la parroquia de San Josemaría

Programa

1.    La fundación de la Iglesia
2.    Las notas de la Iglesia
3.    La pertenencia a la Iglesia (identidad cristiana)
4.    La organización de la Iglesia

Matricúlate (es gratis):
Envía un email con tus datos personales a a info@sanjosemariaparroquia.org

O bien, traenos una ficha de inscripción estándar al el despacho de la parroquia

martes, 8 de octubre de 2013

¡Betania!

Domingo TO 16 c
Yendo de camino, entró en una aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra. Pero Marta estaba atareada con muchos quehaceres, y acercándose, dijo: Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude. Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, estás afanada y turbada con muchas cosas, cuando en realidad hay sólo una que sea necesaria.


Hoy en el evangelio llega nuestro oído un nombre de resonancia maravillosa: Betania. Vive allí una mujer, Marta, que aloja en su casa a Jesús y a sus discípulos, peregrinos en Jerusalén. Marta tiene dos hermanos: María y Lázaro. Entre Jesús y esta familia nace una profunda amistad, llena de confianza y ternura. "Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro", nos dirá con sencillez el evangelio, para explicar por qué Jesús decide regresar a visitarles desde el otro lado del Jordán. Lázaro está enfermo, moribundo -le han comunicado las hermanas-, y Jesús regresa, a pesar del peligro que suponía en ese momento acercarse a Jerusalén. También cuenta el evangelista que en el banquete que ofrecen a Jesús para celebrar la resurrección milagrosa de Lázaro, que había muerto antes de que Jesús pudiera llegar, su hermana María unge amorosamente la cabeza del Señor con una libra de perfume de nardo, después de romper el frasco en que lo guardaba. "Toda la casa se llenó de la fragancia del perfume", comenta el evangelista.

Amor de amistad
¡Betania! El sitio de descanso para Jesús, el lugar de la amistad, el ambiente en que la oración se convierte en charla llena de confianza, el sitio donde la amistad se hace milagro, el desagravio se materializa en perfume, y la confidencia termina en conversión. ¡Qué bien se está en Betania! Yo quisiera regresar allí todos los días un ratito al menos. Al titular de nuestra parroquia, san Josemaría, le emocionaba esa amistad. Decía: me gustaría que todos nuestros sagrarios fueran Betania: el lugar donde Jesús se encuentra como en su casa y nosotros estamos como en la gloria. Ojalá la Iglesia entera fuera Betania, ojalá lo fuera esta parroquia, ojalá lo fuera mi corazón. ¡Betania!
Visualmente, Betania está cerca de Jerusalén. Cuando uno está por allí puede hacerse una idea bastante concreta de esa proximidad, y es fácil comprender que no siempre regresaría Jesús hasta allí para dormir, pues está un poquito lejos. Y, definitivamente, bastante lejos de la región del Jordán, donde Jesús se se había refugiado del peligro que se cernía sobre él, y hasta donde le llegó el recado de las hermanas: "Aquel a quien amas ha enfermado", tu amigo Lázaro se está muriendo, ven…
¡Betania! Hoy nos cuenta el evangelio la queja de Marta ante Jesús en un pasaje que probablemente corresponde en los primeros momentos de de la relación del Señor y sus discípulos con esa familia. Marta ha alojado al grupo viajero y asume a fondo el papel de anfitriona, mientras María se ha quedado oyendo a Jesús, a los pies, entre los demás discípulos que se han sentado alrededor. Marta no se limita a llamar discretamente a su hermana, sino que se dirige en público a Jesús, con un reproche que, indirectamente, también afecta al Maestro. Pero el Señor no cede ni se pliega ante la queja; al revés, y con delicadeza le sugiere a Marta que también ella debería estar escuchándole a él en ese momento.
Hospitalidad
En el contexto litúrgico de hoy, sin embargo, no es tanto el equilibrio entre oración y acción, sino que es un elogio de la hospitalidad, como habéis escuchado en la historia de Abrahan en Mambré.: el que abre las puertas de su hogar -de su corazón- al peregrino, puede que en realidad las esté abriendo a Dios mismo. O también: el corazón humano bueno, recto –salmo- se convierte en lugar en que Dios reposa, y donde se produce la confidencia, incluso la vocación. Quien es hospitalario, acaba hospedando a Dios. Es una alabanza de Marta y su familia: sólo quien es verdaderamente humano es capaz de comprender a Dios, porque Dios es más humano incluso que nosotros. Un corazón duro no lo entiende. No caben los egocéntricos, los egoístas, los insensibles, los duros de corazón, escribió alguna vez san Josemaría.
Betania nos trae también el recuerdo de la Ascensión: según los evangelios, fue camino de Betania donde Jesús los condujo por última vez, antes de ascender desde el lugar que conmemora actualmente un pequeño templo circular casi en la cumbre del monte de los olivos. Y en Betania, dice la beata Emerick, se hospedó María, la madre de Jesús, que habría vivido con aquellos amigos del Señor durante los tres años siguientes… ¡Quién sabe! Quien hospeda alguna vez a Jesús, acaba quedándose luego junto a su Madre... 



lunes, 7 de octubre de 2013

Robert Hugh Benson. Confesiones de un converso

 
Hugh Benson (1871-1914), como era conocido en su familia, fue hijo de uno de los principales dignatarios de la Iglesia de Inglaterra. Ordenado como presbítero de esa iglesia, sufrió una progresiva conversión al catolicismo que culminó con su admisión en la Iglesia católica cumplidos ya los treinta y dos años, en 1903. Su proceso interior tiene reminiscencias con el del gran J.H. Newman, cuya historia influyó directa o indirectamente en muchas de las conversiones al catolicismo que se produjeron en las décadas posteriores.

   En la obra que reseño, se narra de un modo sucinto y ameno (y un poco dispar, según los capítulos) su proceso interior. Hay que decir a su favor que lo hace de un modo menos confuso de lo que puede resultar, por ejemplo, para un lector hispano, la "Apologia pro sua vita" de Newman.

   Benson era un hombre piadoso y muy culto, pero además, perteneciendo a una familia de escritores, él mismo escribía muy bien: de una forma simple, elegante y ordenada. Hay publicada en castellano una obra espiritual suya, La Amistad de Cristo, que está formada por meditaciones sobre pasajes evangélicos. Siendo un escritor de cierto éxito, publicó también novelas,  poemas y obras de teatro, algunas veces con intención apologética o doctrinal; la más famosa de ellas fue una antiutopía, Lord of World, "El señor del mundo", o "El amo del mundo", según las traducciones. Trata sobre un "mundo feliz" y pacífico en el que se produce una progresiva desaparición del mensaje evangélico,  no por vía de persecución ni de tibieza, sino por un sutil conformismo ante un elegante relativismo revestido de mundanidad.

   Tanto asustó a algunos de sus paisanos católicos esta ficción fantasmagórica del final del cristianiso, que se sintió impulsado a escribir otra ficción -de menos valor literario y doctrinal, desde luego- justo en sentido contrario.

martes, 17 de septiembre de 2013

Las dos puertas

Mientras caminaba hacia Jerusalén, uno le dijo: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?» El les dijo: "Esforzaos en entrar por la puerta estrecha"






    La basílica jerosolimitana del Santo Sepulcro o de la Anástasis (resurrección) , tiene dos puertas de entrada. Tal vez se hicieran pensando en dos procesiones de entrada: una, hacia la derecha, para subir a la altura del Calvario, y la otra, a la izquierda, para dirigirse hacia donde se venera el santo Sepulcro. El caso es que cuando Suleimán el Magnífico reconquistó a los cruzados la Ciudad respetó el edificio, pero ordenó que tapiaran una de las puertas. Por lo visto comentó con un punto de altivez: con una ya habrá suficiente.

De Oriente y de Occidente
   Hoy Jesús dice a la gente que la llamada de Dios se dirige a todos, de Oriente y de Occidente, y no sólo a los israelitas. Pero el diálogo comienza con una curiosa pregunta que le plantean a Jesús sobre el número de los que se salvan: ¿son muchos o pocos?. La pregunta parece provocada por esa curiosidad que sentimos por los fenómenos y cosas sobrenaturales y misteriosas, aunque también pudiera manifestar un cierto espíritu de cálculo... A todos nos gusta tener cubierto el plan, asegurarlo, como todo; estar en regla. Hoy nos puede parecer una pregunta infantil, pero si analizamos un poco más, veremos que también ahora también nos planteamos cuestiones así, sólo que las formulamos en con afirmaciones un tanto altivas, del este tipo: "Bueno, yo no creo que pueda haber infierno, no lo veo compatible con la misericordia del Padre ni con la fragilidad humana que se halla en la raíz de nuestros pecados. Y si lo hay, seguro que no hay nadie en él", etc. Son casi tópicos de esas conversaciones pseudo religiosas que surgen en una cena con amigos o colegas.

No seré yo quien se meta a dilucidar la cuestión de quienes van o no van al infierno del que habla el Señor en el evangelio. Como tampoco Jesús parece contestar directamente a la pregunta de su interlocutor. Más bien, como hace a menudo, cambia la perspectiva de su interlocutor. No me preguntes por cuántos se salvan -parece decirle-, o si son muchos o pocos; pregúntame más bien por dónde se entra, cómo se entra en la salvación. Mira bien a ver si  si te esfuerzas por dar con la "puerta estrecha" , o si te estás dirigiendo hacia una puerta ancha y cómoda, pero que conduce fuera del reino.  No vaya a resultar que creyéndose seguro simplemente en tu buena voluntad o en su pertenencia al "campo amigo", de pronto te veas excluido sin llegar a comprender bien por qué, mientras que otros, "venidos de Oriente y Occidente" , entran y se sientan a la alegre mesa del banquete en el Reino. Puesto que sí, (y aquí les ensancha el corazón) vendrán multitudes al Reino: de todos los pueblos, de todas las razas, de todas las mentalidades. Dios quiere que se llene su casa –que es el mundo transformado en Reino- de hijos que aman, que son felices. Dios quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Tú también.
Habéis visto que toda la liturgia nos hablaba hoy de eso. Y en esa variedad nos habla no sólo de variedad geográfica, sino que pienso que abarca y significa también variedad quiere significar también la variedad de todos los caracteres, incluso de la situación moral personal, justos y pecadores (siempre que tengan ‘el traje de bodas’): porque a todos quiere, a todos llama.
Incluso, dice, muchos que parece que son los últimos, los que están más lejos, serán los primeros, entrarán primero. ¡Qué verdad es que muchas veces un converso nos da cien vueltas! . Cuanto más profundo el dolor, más amor. No desesperemos nunca. Y aprendamos de ellos.

¿Qué significa la puerta estrecha?

Pero está lo de la puerta estrecha. En el lugar paralelo de otro evangelio, el de san Mateo, añade una advertencia sobre otra puerta, la ancha. Dice: qué ancha es la puerta y qué facil el camino que lleva a la perdición, y cuántos entran por él. Camino de perdición… no juzgamos nunca, pero existe y uno puede verse en él. ¡Sácame de aquí Señor!, podemos decir, ¡líbrame del maligno!
¿Qué es eso de la puerta estrecha? ¿A qué se refiere? Supongo que con lo de ancha quiere significar lo fácil, lo que no consiste más que en dejarse llevar. Lo más cómodo. La puerta ancha es, pues, la del egoísmo, la del desinterés; aquella por la que va todo el mundo, porque es fácil y no parece perjudicial… La otra, la secreta, que entra al palacio, es precisamente el esfuerzo que se opone, que no se deja arrastrar por el mal ni admite como razón el que "todo el mundo lo hace". La bellísima puerta del amor es, por eso también, la del dolor y el esfuerzo, la estrecha: la de la autenticidad aunque cueste, la de la mortificación cristiana: que no consiste en machacarse, sino en vencerse, en superar la propia flojera. Pedidle al Sr que nos de a todos el dolor de amor, la conversión a su amor, a su búsqueda. Así nos encontraremos caminando a su lado y al lado de todos los hombres de bien del mundo, que buscan descubrir a través de los caminos de la vida, lo que lleva al Reinado de Dios.

(Domingo 22 TO c)


Pablo d'Ors, El olvido de sí

(Editorial Pre-Textos. Autobiografía literaria sobre el beato Charles de Foucauld)




He conseguido terminar este libro a duras penas. No sé ya si leeré alguna vez los escritos de Charles de Foucauld, tal y como me había propuesto hacer cuando comencé esta imaginaria "autobiobrafía", magníficamente escrita por Pablo d'Ors. De momento, no creo que lo haga, porque el bueno de Foucauld me ha dejado agotado. Me ha resultado admirable e incluso fascinante, pero inseguible, invivible. No me extraña que no consiguiera ningún seguidor en vida. Desde luego, ha entrado en mi panteón -no pequeño- de santos admirados; admirados y queridos. El caso es que apenas encuentro rasgo externo de su vida que yo pueda imitar.  A cambio, en su corazón encuentro maravillosos paisajes que caben en el mío (creo que en el de muchos). La 'experiencia del desierto', de los santos del desierto, ha sido una constante en la Iglesia; una experiencia que arrebató a miles los siglos finales del imperio romano, pero que en los últimos siglos ha sido escasa y casi desconocida. Foucauld tiene el mérito de haber puesto en el Sahara, con ropa del siglo 20, a los san antonios del desierto de Tebas.

lunes, 15 de julio de 2013

"Anda, ve y haz tú lo mismo"



¿Quién nos enseñará la verdad del bien y el mal?
   La cuestión que el doctor de la ley plantea a Jesús sobre la jerarquía de los mandatos morales y la cuestión de a quién hay que considerar propiamente como prójimo, la resuelve el Señor con el sencillo y elocuente ejemplo de aquel viajero apaleado y tirado en la cuneta, del que nadie, excepto un samaritano, un extranjero no judío, se compadece lo suficiente como para salvarle... "¿Quién te parece que actuó como 'prójimo' o 'pariente' de aquel pobre hombre?", le pregunta a modo de conclusión. "Pues, anda y haz tú lo mismo y descubrirás quién es tu prójimo". 

   "Esta ley que hoy te propongo -decía la primera lectura de hoy- no está en el cielo empíreo de modo que puedas excusarte pensando '¿y quién me  la podrá acercar para que la conozca?', porque mira: está cerca, está en tu corazón". La ley moral tiene ciertamente su fuente en Dios-nos dice-, pero está también inscrita en tu corazón: mira tu conciencia con sinceridad y lo encontrarás. Para los musulmanes, el Corán es un libro escrito hasta la última tilde en el cielo, que baja, es entregado al profeta... Para la revelación, la ley moral procede ciertamente de Dios, pero está inscrita en el corazón y en la razón humanas.

"Haz tú lo mismo"
   El Señor señala la propia conciencia como guía, cuando no está oscurecida, e invita a descubrir su objetividad precisamente al ver que cualquiera juzgaría como él en ese caso. E, inmediatamente, el mandato práctico, característico del juicio moral: "Hazlo", no le des vueltas, no te limites a teorizar. 

   "Hazlo". Este imperativo del Señor conmueve más leído hoy, precisamente a los pocos días de que el papa Francisco tomase el avión para presentarse en la isla de Lampedusa, y celebrara allí una "misa de conversión" por todos esos deshechos humanos que se han estrellado en sus costas, leyendo como lectura el diálogo de Caín con Yahveh sobre su hermano Abel: "¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?". La respuesta afirmativa de Dios a esta desafiante pregunta quedó entonces en aire hasta que Él mismo se hizo Hombre por nosotros, para ser el guardián de su hermano... su redentor.  Ahora el Papa nos lo repite: hazlo tú también ¡No a la globalización de la indiferencia!

   Es verdad que el gesto del Papa tiene algo de didáctico, pero también es de corazón. Además, es la didáctica del evangelio. Es otro modo de Magisterio, una especie de encíclica gestual, que responde a aquello que la encíclica escrita de Benedicto XVI (Deus caritas est) decía con palabras: "La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios, celebración de los Sacramentos y servicio de la caridad. Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia". 

   La misericordia es parte de la acción de la Iglesia, porque es parte del anuncio del Amor de Dios. Ve y haz lo mismo... Es cierto que la misericordia va más allá de las necesidades puramente corporales; pero eso no quita la verdad ni la fuerza al gesto, porque las necesidades corporales son signo y parte de las espirituales. El Señor lo pone en relación con el Amor de Dios, con el amor a él: como si nos dijera: si me queréis de verdad, quered también a estos... 

¿Qué hemos de hacer nosotros?
   Nosotros no somos misioneros ni dedicamos nuestra vida a esa actividad fuera del trabajo y demás ocupaciones. Pero lo interesante es que cuando asumimos como propia esta misión de la Iglesia, eso empieza a condicionar un poco nuestra vida: nuestros gastos, el modo de trabajar, la educación que dais a vuestros hijos, la valoración que hacéis de las virtudes respecto al lucro o la comodidad. La ley económica exige desde luego el consumo, pero si convierte también en ley moral -ley del bien de la persona- llegamos al dispendio de recursos, a la fábrica hundida en Bangladesh, a las desigualdades escandalosas, al desprecio de las personas, a la explotación.  Si de verdad asumimos esa tarea, esa asunción interior -que es pobreza de espíritu, desprendimiento cristiano, moderación propia de hios de Dios- no nos dejará igual en cuanto al uso de los bienes, al trato de la miseria… porque eso sería como pasar de largo ante el apaleado y olvidado en la cuneta: la  globalización de la indiferencia.

   Esto que os digo es perfectamente compatible con que disfrutéis de unas buenas vacaciones, eh; ojalá sea así para todos vosotros. O con que os guste la ropa, o penséis en la seguridad del futuro de vuestra familia… pero no os olvidéis de los que sufren, no del todo. Y no dejéis de preguntaros por ellos y si no podríais con un poquito de sobriedad  aliviar a alguien. No dejéis de ejercitaros en el dominio del capricho, de vivir el desprendimiento voluntario, en la modestia y contención en los gastos personales y en la magnanimidad con que os ocupais del bien del mundo entero. Como Jesús, aprendamos a ser ricos de espíritu, pobres en el alma.

lunes, 8 de julio de 2013

Paz



En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros (Del capítulo 10 del evangelio de san Lucas)
 Hoy quiere la liturgia que hablemos de los dones mesiánicos -la paz, entre ellos-, tanto en el anuncio de Isaías que hemos escuchado, como en ese momento dulce de la vida del Señor que nos describe el evangelio, que fue la primera misión, llevada a término por los setenta y dos discípulos que envió a preparar su camino. Hay en la narración un punto de euforia, y no tiene porqué sorprendernos: ¡Dios es siempre vencedor y el bien tiene en él la última palabra! El evangelio es evangelio, buena nueva. Y si es verdad que nos habla a menudo del misterio del sufrimiento, o de las derrotas y las dificultades, también nos habla del poder de Dios, que llena de alegría el corazón. La omnipotencia de Dios es nuestra esperanza, como escribió B16.
Ante todo decid: "Paz a esta casa"
"Cuando entréis en una casa, decid ante todo: ¡paz a esta casa!"; o sea, cuando proclaméis el evangelio, anunciad la paz, sembrad la paz, dad la paz. "No como el mundo la da os la doy yo", dice en otra ocasión. Efectivamente, "Shalom" es el saludo habitual entre los judíos. No me refiero -viene a decirles Jesús- simplemente de que saludéis a la gente con la paz, sino que seáis gente de paz, gente que da la paz, que siembra paz. "Bienaventurados los que pacifican, porque serán conocidos como 'los hijos de Dios'"; dirán de ellos: 'mira, ahí va un hijo de Dios, uno de su familia'... Sembrar paz: en el corazón de nuestros amigos, entre jefes y súbditos, entre naciones, entre culturas, en el ámbito político... 
Pero, ¿es posible realmente la paz?  Cuando se piensa friamente, uno tiende a pensar que no. Y no sólo por la presencia del pecado, del rencor, el abuso, la injusticia, sino incluso por la simple contraposición de intereses, y por el inevitable vacío interior que produce una inevitable ansiedad del alma, ya que "nos hiciste, Señor, para ti; y nuestro corazón se siente inquieto mientras no descansa en ti...", dice san Agustín. O, como cantan los de U2:
I have climbed highest mountain
I have run through the fields
I have scaled these city walls
But I still haven't found what I'm looking for.

Danos tú la paz
¡Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, danos la paz!, cantarán estos dentro de un rato: la paz del corazón. No es ya la paz de todas las cosas, en todo el mundo; pero es el comienzo. Es el don mesiánico, el que llevan dentro de sí los convertidos al Reino:  “La paz os dejo, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo”. Y entonces sí: cuando entréis a una casa, anunciad: paz a esta casa, a esta familia, a estos amigos, a este pueblo. Señor, danos la paz para que llevemos la paz.
“En el mundo tendréis tribulaciones, pero confiad: yo he vencido al mundo”, les dice el Señor. San Josemaría afirmaba que sin lucha interior no podía haber paz. La paz verdadera sólo puede ser fruto de del triunfo de la justicia, no de la opresión; y la paz espiritual no viene sin luchar contra el mal: "la paz es consecuencia de la guerra", de la guerra contra el mal. El que no opone ninguna resistencia acaba dominado. Es preciso luchar contra el mal que nos pretende ahogar, contra el mal que sufren nuestros hermanos, oponerse al reino del pecado: "¡venga tu Reino!". Y hay que empezar por uno mismo: vencer la pereza, vencer el egoísmo, vencer la curiosidad, vencer el egocentrismo, el amor propio. "Empieza la purificación por mi santuario", dice Yahveh en Ezequiel al ángel vengador.
..."Pero, ¡confiad!". Hay que pelear contra el mal, pero también contra la desesperanza y el desánimo. “En el mundo tendréis tribulación, pero confiad: yo he vencido al mundo”. ¡Danos la paz! Danos tu paz: la confianza en tu poder, en tu bondad, en tu vocación, en tu voluntad, en tu sabiduría. "No como la da el mundo os la doy yo...": esa paz no existe en realidad, ni puede existir ahora. Pero sí tendréis paz en tu interior, en tu relación con Dios y tus hermanos; y serás capaz de darla dondequiera que vayas.