martes, 17 de septiembre de 2013

Las dos puertas

Mientras caminaba hacia Jerusalén, uno le dijo: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?» El les dijo: "Esforzaos en entrar por la puerta estrecha"






    La basílica jerosolimitana del Santo Sepulcro o de la Anástasis (resurrección) , tiene dos puertas de entrada. Tal vez se hicieran pensando en dos procesiones de entrada: una, hacia la derecha, para subir a la altura del Calvario, y la otra, a la izquierda, para dirigirse hacia donde se venera el santo Sepulcro. El caso es que cuando Suleimán el Magnífico reconquistó a los cruzados la Ciudad respetó el edificio, pero ordenó que tapiaran una de las puertas. Por lo visto comentó con un punto de altivez: con una ya habrá suficiente.

De Oriente y de Occidente
   Hoy Jesús dice a la gente que la llamada de Dios se dirige a todos, de Oriente y de Occidente, y no sólo a los israelitas. Pero el diálogo comienza con una curiosa pregunta que le plantean a Jesús sobre el número de los que se salvan: ¿son muchos o pocos?. La pregunta parece provocada por esa curiosidad que sentimos por los fenómenos y cosas sobrenaturales y misteriosas, aunque también pudiera manifestar un cierto espíritu de cálculo... A todos nos gusta tener cubierto el plan, asegurarlo, como todo; estar en regla. Hoy nos puede parecer una pregunta infantil, pero si analizamos un poco más, veremos que también ahora también nos planteamos cuestiones así, sólo que las formulamos en con afirmaciones un tanto altivas, del este tipo: "Bueno, yo no creo que pueda haber infierno, no lo veo compatible con la misericordia del Padre ni con la fragilidad humana que se halla en la raíz de nuestros pecados. Y si lo hay, seguro que no hay nadie en él", etc. Son casi tópicos de esas conversaciones pseudo religiosas que surgen en una cena con amigos o colegas.

No seré yo quien se meta a dilucidar la cuestión de quienes van o no van al infierno del que habla el Señor en el evangelio. Como tampoco Jesús parece contestar directamente a la pregunta de su interlocutor. Más bien, como hace a menudo, cambia la perspectiva de su interlocutor. No me preguntes por cuántos se salvan -parece decirle-, o si son muchos o pocos; pregúntame más bien por dónde se entra, cómo se entra en la salvación. Mira bien a ver si  si te esfuerzas por dar con la "puerta estrecha" , o si te estás dirigiendo hacia una puerta ancha y cómoda, pero que conduce fuera del reino.  No vaya a resultar que creyéndose seguro simplemente en tu buena voluntad o en su pertenencia al "campo amigo", de pronto te veas excluido sin llegar a comprender bien por qué, mientras que otros, "venidos de Oriente y Occidente" , entran y se sientan a la alegre mesa del banquete en el Reino. Puesto que sí, (y aquí les ensancha el corazón) vendrán multitudes al Reino: de todos los pueblos, de todas las razas, de todas las mentalidades. Dios quiere que se llene su casa –que es el mundo transformado en Reino- de hijos que aman, que son felices. Dios quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Tú también.
Habéis visto que toda la liturgia nos hablaba hoy de eso. Y en esa variedad nos habla no sólo de variedad geográfica, sino que pienso que abarca y significa también variedad quiere significar también la variedad de todos los caracteres, incluso de la situación moral personal, justos y pecadores (siempre que tengan ‘el traje de bodas’): porque a todos quiere, a todos llama.
Incluso, dice, muchos que parece que son los últimos, los que están más lejos, serán los primeros, entrarán primero. ¡Qué verdad es que muchas veces un converso nos da cien vueltas! . Cuanto más profundo el dolor, más amor. No desesperemos nunca. Y aprendamos de ellos.

¿Qué significa la puerta estrecha?

Pero está lo de la puerta estrecha. En el lugar paralelo de otro evangelio, el de san Mateo, añade una advertencia sobre otra puerta, la ancha. Dice: qué ancha es la puerta y qué facil el camino que lleva a la perdición, y cuántos entran por él. Camino de perdición… no juzgamos nunca, pero existe y uno puede verse en él. ¡Sácame de aquí Señor!, podemos decir, ¡líbrame del maligno!
¿Qué es eso de la puerta estrecha? ¿A qué se refiere? Supongo que con lo de ancha quiere significar lo fácil, lo que no consiste más que en dejarse llevar. Lo más cómodo. La puerta ancha es, pues, la del egoísmo, la del desinterés; aquella por la que va todo el mundo, porque es fácil y no parece perjudicial… La otra, la secreta, que entra al palacio, es precisamente el esfuerzo que se opone, que no se deja arrastrar por el mal ni admite como razón el que "todo el mundo lo hace". La bellísima puerta del amor es, por eso también, la del dolor y el esfuerzo, la estrecha: la de la autenticidad aunque cueste, la de la mortificación cristiana: que no consiste en machacarse, sino en vencerse, en superar la propia flojera. Pedidle al Sr que nos de a todos el dolor de amor, la conversión a su amor, a su búsqueda. Así nos encontraremos caminando a su lado y al lado de todos los hombres de bien del mundo, que buscan descubrir a través de los caminos de la vida, lo que lleva al Reinado de Dios.

(Domingo 22 TO c)


Pablo d'Ors, El olvido de sí

(Editorial Pre-Textos. Autobiografía literaria sobre el beato Charles de Foucauld)




He conseguido terminar este libro a duras penas. No sé ya si leeré alguna vez los escritos de Charles de Foucauld, tal y como me había propuesto hacer cuando comencé esta imaginaria "autobiobrafía", magníficamente escrita por Pablo d'Ors. De momento, no creo que lo haga, porque el bueno de Foucauld me ha dejado agotado. Me ha resultado admirable e incluso fascinante, pero inseguible, invivible. No me extraña que no consiguiera ningún seguidor en vida. Desde luego, ha entrado en mi panteón -no pequeño- de santos admirados; admirados y queridos. El caso es que apenas encuentro rasgo externo de su vida que yo pueda imitar.  A cambio, en su corazón encuentro maravillosos paisajes que caben en el mío (creo que en el de muchos). La 'experiencia del desierto', de los santos del desierto, ha sido una constante en la Iglesia; una experiencia que arrebató a miles los siglos finales del imperio romano, pero que en los últimos siglos ha sido escasa y casi desconocida. Foucauld tiene el mérito de haber puesto en el Sahara, con ropa del siglo 20, a los san antonios del desierto de Tebas.

lunes, 15 de julio de 2013

"Anda, ve y haz tú lo mismo"



¿Quién nos enseñará la verdad del bien y el mal?
   La cuestión que el doctor de la ley plantea a Jesús sobre la jerarquía de los mandatos morales y la cuestión de a quién hay que considerar propiamente como prójimo, la resuelve el Señor con el sencillo y elocuente ejemplo de aquel viajero apaleado y tirado en la cuneta, del que nadie, excepto un samaritano, un extranjero no judío, se compadece lo suficiente como para salvarle... "¿Quién te parece que actuó como 'prójimo' o 'pariente' de aquel pobre hombre?", le pregunta a modo de conclusión. "Pues, anda y haz tú lo mismo y descubrirás quién es tu prójimo". 

   "Esta ley que hoy te propongo -decía la primera lectura de hoy- no está en el cielo empíreo de modo que puedas excusarte pensando '¿y quién me  la podrá acercar para que la conozca?', porque mira: está cerca, está en tu corazón". La ley moral tiene ciertamente su fuente en Dios-nos dice-, pero está también inscrita en tu corazón: mira tu conciencia con sinceridad y lo encontrarás. Para los musulmanes, el Corán es un libro escrito hasta la última tilde en el cielo, que baja, es entregado al profeta... Para la revelación, la ley moral procede ciertamente de Dios, pero está inscrita en el corazón y en la razón humanas.

"Haz tú lo mismo"
   El Señor señala la propia conciencia como guía, cuando no está oscurecida, e invita a descubrir su objetividad precisamente al ver que cualquiera juzgaría como él en ese caso. E, inmediatamente, el mandato práctico, característico del juicio moral: "Hazlo", no le des vueltas, no te limites a teorizar. 

   "Hazlo". Este imperativo del Señor conmueve más leído hoy, precisamente a los pocos días de que el papa Francisco tomase el avión para presentarse en la isla de Lampedusa, y celebrara allí una "misa de conversión" por todos esos deshechos humanos que se han estrellado en sus costas, leyendo como lectura el diálogo de Caín con Yahveh sobre su hermano Abel: "¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?". La respuesta afirmativa de Dios a esta desafiante pregunta quedó entonces en aire hasta que Él mismo se hizo Hombre por nosotros, para ser el guardián de su hermano... su redentor.  Ahora el Papa nos lo repite: hazlo tú también ¡No a la globalización de la indiferencia!

   Es verdad que el gesto del Papa tiene algo de didáctico, pero también es de corazón. Además, es la didáctica del evangelio. Es otro modo de Magisterio, una especie de encíclica gestual, que responde a aquello que la encíclica escrita de Benedicto XVI (Deus caritas est) decía con palabras: "La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios, celebración de los Sacramentos y servicio de la caridad. Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia". 

   La misericordia es parte de la acción de la Iglesia, porque es parte del anuncio del Amor de Dios. Ve y haz lo mismo... Es cierto que la misericordia va más allá de las necesidades puramente corporales; pero eso no quita la verdad ni la fuerza al gesto, porque las necesidades corporales son signo y parte de las espirituales. El Señor lo pone en relación con el Amor de Dios, con el amor a él: como si nos dijera: si me queréis de verdad, quered también a estos... 

¿Qué hemos de hacer nosotros?
   Nosotros no somos misioneros ni dedicamos nuestra vida a esa actividad fuera del trabajo y demás ocupaciones. Pero lo interesante es que cuando asumimos como propia esta misión de la Iglesia, eso empieza a condicionar un poco nuestra vida: nuestros gastos, el modo de trabajar, la educación que dais a vuestros hijos, la valoración que hacéis de las virtudes respecto al lucro o la comodidad. La ley económica exige desde luego el consumo, pero si convierte también en ley moral -ley del bien de la persona- llegamos al dispendio de recursos, a la fábrica hundida en Bangladesh, a las desigualdades escandalosas, al desprecio de las personas, a la explotación.  Si de verdad asumimos esa tarea, esa asunción interior -que es pobreza de espíritu, desprendimiento cristiano, moderación propia de hios de Dios- no nos dejará igual en cuanto al uso de los bienes, al trato de la miseria… porque eso sería como pasar de largo ante el apaleado y olvidado en la cuneta: la  globalización de la indiferencia.

   Esto que os digo es perfectamente compatible con que disfrutéis de unas buenas vacaciones, eh; ojalá sea así para todos vosotros. O con que os guste la ropa, o penséis en la seguridad del futuro de vuestra familia… pero no os olvidéis de los que sufren, no del todo. Y no dejéis de preguntaros por ellos y si no podríais con un poquito de sobriedad  aliviar a alguien. No dejéis de ejercitaros en el dominio del capricho, de vivir el desprendimiento voluntario, en la modestia y contención en los gastos personales y en la magnanimidad con que os ocupais del bien del mundo entero. Como Jesús, aprendamos a ser ricos de espíritu, pobres en el alma.

lunes, 8 de julio de 2013

Paz



En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros (Del capítulo 10 del evangelio de san Lucas)
 Hoy quiere la liturgia que hablemos de los dones mesiánicos -la paz, entre ellos-, tanto en el anuncio de Isaías que hemos escuchado, como en ese momento dulce de la vida del Señor que nos describe el evangelio, que fue la primera misión, llevada a término por los setenta y dos discípulos que envió a preparar su camino. Hay en la narración un punto de euforia, y no tiene porqué sorprendernos: ¡Dios es siempre vencedor y el bien tiene en él la última palabra! El evangelio es evangelio, buena nueva. Y si es verdad que nos habla a menudo del misterio del sufrimiento, o de las derrotas y las dificultades, también nos habla del poder de Dios, que llena de alegría el corazón. La omnipotencia de Dios es nuestra esperanza, como escribió B16.
Ante todo decid: "Paz a esta casa"
"Cuando entréis en una casa, decid ante todo: ¡paz a esta casa!"; o sea, cuando proclaméis el evangelio, anunciad la paz, sembrad la paz, dad la paz. "No como el mundo la da os la doy yo", dice en otra ocasión. Efectivamente, "Shalom" es el saludo habitual entre los judíos. No me refiero -viene a decirles Jesús- simplemente de que saludéis a la gente con la paz, sino que seáis gente de paz, gente que da la paz, que siembra paz. "Bienaventurados los que pacifican, porque serán conocidos como 'los hijos de Dios'"; dirán de ellos: 'mira, ahí va un hijo de Dios, uno de su familia'... Sembrar paz: en el corazón de nuestros amigos, entre jefes y súbditos, entre naciones, entre culturas, en el ámbito político... 
Pero, ¿es posible realmente la paz?  Cuando se piensa friamente, uno tiende a pensar que no. Y no sólo por la presencia del pecado, del rencor, el abuso, la injusticia, sino incluso por la simple contraposición de intereses, y por el inevitable vacío interior que produce una inevitable ansiedad del alma, ya que "nos hiciste, Señor, para ti; y nuestro corazón se siente inquieto mientras no descansa en ti...", dice san Agustín. O, como cantan los de U2:
I have climbed highest mountain
I have run through the fields
I have scaled these city walls
But I still haven't found what I'm looking for.

Danos tú la paz
¡Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, danos la paz!, cantarán estos dentro de un rato: la paz del corazón. No es ya la paz de todas las cosas, en todo el mundo; pero es el comienzo. Es el don mesiánico, el que llevan dentro de sí los convertidos al Reino:  “La paz os dejo, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo”. Y entonces sí: cuando entréis a una casa, anunciad: paz a esta casa, a esta familia, a estos amigos, a este pueblo. Señor, danos la paz para que llevemos la paz.
“En el mundo tendréis tribulaciones, pero confiad: yo he vencido al mundo”, les dice el Señor. San Josemaría afirmaba que sin lucha interior no podía haber paz. La paz verdadera sólo puede ser fruto de del triunfo de la justicia, no de la opresión; y la paz espiritual no viene sin luchar contra el mal: "la paz es consecuencia de la guerra", de la guerra contra el mal. El que no opone ninguna resistencia acaba dominado. Es preciso luchar contra el mal que nos pretende ahogar, contra el mal que sufren nuestros hermanos, oponerse al reino del pecado: "¡venga tu Reino!". Y hay que empezar por uno mismo: vencer la pereza, vencer el egoísmo, vencer la curiosidad, vencer el egocentrismo, el amor propio. "Empieza la purificación por mi santuario", dice Yahveh en Ezequiel al ángel vengador.
..."Pero, ¡confiad!". Hay que pelear contra el mal, pero también contra la desesperanza y el desánimo. “En el mundo tendréis tribulación, pero confiad: yo he vencido al mundo”. ¡Danos la paz! Danos tu paz: la confianza en tu poder, en tu bondad, en tu vocación, en tu voluntad, en tu sabiduría. "No como la da el mundo os la doy yo...": esa paz no existe en realidad, ni puede existir ahora. Pero sí tendréis paz en tu interior, en tu relación con Dios y tus hermanos; y serás capaz de darla dondequiera que vayas.

lunes, 17 de junio de 2013

Pecadores

"Una mujer pecadora pública, al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume y poniéndose detrás de Jesús, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba" (Evangelio de san Lucas, capítulo 7)

El evangelio de Lucas oculta discretamente los nombres de la persona y la ciudad, en esta historia de la mujer, que se presenta en un encuentro de notables con Jesús, un banquete celebrado en honor de aquel profeta 'emergente', al que todos los importantes tenían ganas de conocer y al que probablemente sentían deseos de plantear cuestiones y sutilezas religiosas según la Ley. 
Algo, sin embargo, alteró el programa de aquel día: sin ser ni mucho menos invitada,  se presenta una conocida pecadora de la ciudad. Es una escena casi de teatro. Aquella mujer monta realmente un 'número' con su gesto. El ambiente se espesa y nadie sabe qué decir ni qué hacere. El anfitrión y los demás invitados tal vez sienten un poco de vergüenza ajena (o a lo mejor propia); o tal vez se burlan un poco por dentro, pensando que el rabí Jesús es tan bueno que resulta hasta ingenuo y un poco pardillo. Pero en realidad son ellos los que están equivocados y no él, que se ha dado cuenta perfectamente, ha entendido de veras a aquella mujer. Así, la escena resulta una historia de valentía y también de fe, porque ella -a diferencia tal vez de los convidados- sí cree en Jesús como Mesías y precisamente por eso se atreve a hacer lo que hace. Es una historia de sinceridad, pues, y por eso también de amor y de perdón. Una historia de incomprensión y de juicios temerarios, negativos y descalificadores, pero es también una historia de la sabiduría de Dios, que lee los corazones, en la mirada, en nuestros gestos.
La escena bien podría representar y resumir la historia eterna de la humanidad: todos nos consideramos importantes y justos, y querríamos hablar con el Jesús de Nazaret o con sus discípulos de tú a tú, en una especie de discusión teórica sobre el Reino, los problemas de la humanidad para creer, etc. ¡Muy bien todo, muy religiosos los 'temas' de conversación! De pronto, sale a escena uno que sin más se pone a los pies del Señor y le pide que le perdone, porque realmente -y no sólo teóricamente- se da cuenta de que está ante el Salvador. No quiere hablar de nada, no pretende que se le justifique teóricamente la misión, ni que se le explique por qué Dios es capaz de acercarse tanto o no debería hacerlo. Sólo quiere ponerse ante él y decirle que lo siente, pedirle perdón. Por eso encuentra a Dios y en cambio los demás no. Aquí está realmente resumida la historia de la Humanidad. Todos somos esos huéspedes capaces de juzgar la conducta de los demás, los males del mundo y la sociedad 'actual' -decimos-, al esclavizado por sus pecados -al bebedor, al drogadicto, al ladrón-, al hundido por su vicio o su desgracia moral. Sin molestarnos en ponernos a su lado, le encasquetamos un mote, una etiqueta moral -¡es una pecadora!-, a pesar de que tal vez nosotros tenemos algo que ver con su degradación.
En la respuesta de Jesús a Simón hay -como otras veces- un reproche: hay otro tipo de pecados, le viene a decir, aunque no sean tan aparatosos, aunque parezcan pequeños. Al fin y al cabo, tus 'olvidos' al recibirme (no me has dado agua ni el ósculo de bienvenida) denotan, por ejemplo, que realmente no crees que yo sea importante, ni tenga que ver con la venida del Mesías. Ella en cambio ha captado la verdad, piensa que Dios está aquí, que vengo a salvar y no a condenar; por eso ha vencido la vergüenza y el temor, por eso ha sido más valiente que vosotros, y ha amado... El que piensa que tiene poco de qué ser perdonado ama menos, nunca se sentirá tan agradecido como el humilde y sincero de corazón. Es de nuevo la gran paradoja evangélica:  la verdad y la misericordia se encuentran y se besan, como dice un salmo: ¿quién descubrió en Cristo al Dios misericordioso? Los que se sentían abrumados por su propia miseria. Mientras que los que se consideraban justos a sí mismo acabaron por rechazarlo. Entendieron mejor a Jesús los pecadores, le amaron más. No es que le amaran en el pecado, claro, ni que el evangelio confunda el amor con la impureza.
Hay muchos tipos de pecado, como se ve. Ocultos unos y otros visibles, pequeños y grandes. Algunos esclavizan al que los comete: primero los comete, luego los padece; otros parece que no tienen importancia y acaban por tenerla. No solo hay pecados de la carne, sino del espíritu. Algunos son terribles, otros sutiles. Casi parecen no tener en común unos con otros. Aquí veo pequeños cristianos. Cuando los veis entrar a confesar, me decís a veces: "pero ¿qué pecados pueden tener esas criaturas?", y sin embargo no tenéis más que mirarlos al salir: la alegría radiante, el propósito real, el deseo de querer más... Siempre el amor al Salvador es lo que salva: la confianza, la confesión, la delicadeza, la entrega. Porque el origen del mal es siempre el egoísmo, el aislamiento, la autosuficiencia, el desprecio del dar o recibir ayuda.
Antes os decía que la escena era de esas en las que uno puede ver representada a la humanidad. También es una buena imagen de la necesidad de superar la vergüenza ante los demás, el temor ante Jesús o ante los demás discípulos, y la indecisión sobre el propio propósito de la enmienda, para, rompiendo todas las cadenas que nos atan a nosotros mismos, salir al encuentro del Salvador que viene a nuestro encuentro.



lunes, 10 de junio de 2013

Corazón


     Esta semana hemos hecho dos memorias litúrgicas -la del Sagrado Corazón, y también la del Inmaculado Corazón de su madre, María- que nos sirven para meditar sobre el proceloso mundo de los afectos -nuestros afectos-,  eso que nos llevan y nos traen de acá para allá continuamente: alegrías y penas, los sentimientos de generosidad o de envidia, aprensiones y apegamientos,  dolor o remordimiento, euforias o manías y aburrimiento y cansancio… el mundo de los afectos.

Dios tiene corazón
     La devoción a ese aspecto del ser del Redentor, su Corazón, subraya la autenticidad de su ser humano. No es una especie Dios que aparece como hombre, sino que se hace realmente hombre, y por eso asume la condición humana en toda su integridad, y por eso tiene eso que solemos llamar "corazón". Cristo tiene corazón humano, un corazón -un modo de ser, como el nuestro- que le hace sentir, dudar, decidir, preguntar, mostrar interés o indignación, conmoverse, aterrarse. Cristo tiene ese modo de ser que es esencial al ser humano, porque lo corpóreo y lo espiritual en la persona interactúan en continuo, como en un flujo de ida y vuelta: un conocimiento puede hacer llorar, un dolor puede hacer pensar, la bendición produce una alegría que no conseguimos recluir en el interior del espíritu y salta hacia afuera, la indeterminación del mundo físico respecto al hombre le somete a la duda, al miedo o le inspira el arrojo o la cobardía, le esclaviza con la promesa del placer y de una realización irreal... el mundo es para él pasional. Al hablar de corazón -el lugar fisiológico en que con más vehemencia se "siente" estas cosas del alma- nos referimos por eso al lugar íntimo de la persona donde se juntan el entender con el sentir, el decidir con el dejarse influir… la libertad última para elegir el bien o el mal, donde se forma el depósito de los recuerdos y de la identidad. Es el núcleo de la persona humana, que no está formado sólo de alma.

La santidad arraiga en el corazón
    Al hacerse hombre y asumir el "corazón" con toda su limitación y su gloria, Dios nos ha revelado que se parece a nosotros más de lo que había pensado la filosofía al reflexionar sobre su naturaleza perfecta. Que Dios pueda tener corazón humano no es, efectivamente, tan obvio. Al revelarlo en la encarnación, nos muestra que él es más que el Dios metafísico, el Dios deducido  por la vía racional desde la causalidad y el ser, sino que en cierto modo es Dios pasional, al que le importan las cosas, le importamos nosotros:  ama,  se enfada, sufre, nos busca... y no es mero antropomorfismo lingüístico. No se emociona con las piedras y los montes, sino con su hijo Israel (nosotros): "Os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Seréis entonces mi pueblo y yo seré vuestro Dios". Así, al hacerse plenamente hombre, Cristo ha dado legitimidad moral a nuestro corazón y a la dimensión sentimental de nuestro ser. Desde entonces sabemos que no se trata de no tener sentimientos o no expresarlos adecuadamente,  No conmoverse, no ser capaz de conmoverse ante la pobreza o ante la bondad, ante la belleza o ante el sufrimiento o ante el pecado, no sentir nunca repulsión... no son señales de una especie madurez humana, ni de una supuesta fe en la sabiduría de Dios que lo permite, sino que al contrario puede ser señal de endurecimiento y tal vez de egoísmo. 

     El corazón es clave para Dios. Jesús asegura que de dentro de los hombres, del corazón , es de donde procede lo que contamina le ensucia: "es dentro, del corazón del hombre, de donde proceden los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y son lo que contamina al hombre". La santidad tiene que ver, pues, con el corazón. Por eso se te pide pongas el corazón en las relaciones personales, que mires a los ojos a las personas y veas su alma, que sonrías y manifiestes lo que hay en tu corazón, que apacigues el corazón que sufre, que sepas servir por amor, ser cortés por respeto y cariño, y manifiestes admiración llena de respeto ante el otro (aunque sea un pequeñín). Es preciso cultivar el corazón en el trato con personas, no darlo por supuesto simplemente porque "sintamos" la fuerza de sus tirones interiores de cuando en cuando para bien... o para el mal. Es necesario también poner el corazón y manifestarlo en el trato con Jesús, con la Virgen, con tu ángel, con la eucaristía, con la lectura espiritual, con la visita: amar todas las cosas en las que está Dios. Me gusta todo lo tuyo… me gusta leer tu evangelio, me gusta servirte en el apostolado, me gusta hacer por ti mi trabajo. 

Proteger el corazón
     También es preciso proteger el corazón de lo que lo mancha,  lo envilece,  lo empequeñece,  lo aturde, lo despista. Es preciso educar el corazón, darle a probar lo bueno, lo sabroso, lo que vale la pena. Y también protegerlo de la agresión que suponen determinadas conversaciones, historias, miradas de pornografía, light y hard da igual -no se sabe cuál es peor...-, de fantasías perezosas, de esa vanidad que denota falta de fidelidad a quien debemos amor… Mortificar el corazón, protegiéndolo de lo que lo daña, como enseña el gran apóstol Pablo: "Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, aspirad a los bienes de arriba; dad muerte a todo lo terreno que queda aún en vosotros: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia, que es una idolatría. Esto es lo que atrae la ira de Dios sobre los hijos de la desobediencia. Entre ellos andabais también vosotros, cuando vivíais de esa manera; ahora, en cambio, deshaceos de todo eso: ira, coraje, maldad, calumnias y groserías, ¡fuera de vuestra boca! No sigáis engañándoos unos a otros. Despojaos del hombre viejo, revestíos del nuevo, que se va renovando como imagen de su Creador". Y también enseñándole a amar no sólo lo placentero, lo que encapricha, sino al que lo necesita, al que se halla solo o entristecido, como ha hecho Dios: 'Al ver a la gente llorando se llenó de compasión, acercó a la mujer y le dijo: "no llores"... hemos leído hoy en el evangelio. Señor: danos un corazón como el tuyo, como el de María, Inmaculado precisamente porque ser espejo y reflejo del tuyo.