viernes, 23 de septiembre de 2016

Amor y vida eterna. El doble precepto de Jesús


(10 julio 2016. Dom 15 TO c)


"Un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba:
- «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?»
    Él le dijo:
- «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?»
    Él contestó:
- «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo. » 
    Él le dijo:
- «Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.»
    Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús:
- «¿Y quién es mi prójimo?"
(Del capítulo X del evangelio según san Lucas)

Hoy aparece en el evangelio el doble precepto moral de la caridad, del amor. Es sabido que Jesús predicó una especie de síntesis de la Ley en dos preceptos cuando le preguntaban por la jerarquía interna entre las diversas prescripciones y mandatos particulares que se hallaban en la Torá. En la ocasión que vemos hoy le preguntan más bien qué conducta moral merece de Dios el don de una vida eterna. Cuando Jesús le repregunta a su vez, aquel escriba le responde con la misma fórmula que el Señor usaba; pero excusa su pregunta en la dificultad para comprender la concreción del amor al prójimo; o mejor, de determinar quién puede y quién no ser considerado como prójimo. Nosotros hoy podemos igualmente intentar comprender, ir más allá de la simple fórmula. Señor, ¿qué significa tu mandato?

Lo que significa amar
Ante todo significa "amarás"; es decir: no harás las cosas –el bien- como esclavo, como obligado: las harás de corazón. Amarás ante todo al Señor, tu Dios. Lo primero. Amarás al que te da la vida y todo lo que tienes, a tu verdadero padre, al que es además tu salvador, al que es además dueño del universo, Señor del cielo y tierra: amarás al que te ha creado. El que pierde de vista esta verdad tiende a convertirse en un tirano caprichoso, por el contrario, o a hundirse ante su propia impotencia. Amarás: no te conformarás con respetarlo fríamente, con obedecerlo a la fuerza: le amarás. Le amarás más que a ti mismo, "sobre todas las cosas".
Y amarás a tu prójimo como te amas a ti mismo. Al que está junto a ti, al que convive contigo en la ciudad, en tu casa en la oficina, en la playa… Respetarás sus cosas, su sueño, su bienestar. Te compadecerás de su desgracia o de su necesidad. Lo amarás, te alegrarás de él, y con él: te alegrarás de que esté ahí y de que sea feliz; y en la medida que esté en tu mano, lo acrecentarás. Es decir: no simplemente lo respetarás. Si le ves apurado, le echarás una mano. En la parábola que le propone Jesús como solución da la vuelta a los términos de la pregunta: No me preguntes quién es tu prójimo, pregúntate quién te considerará a ti como su hermano por el modo en que te has comportado con él; es decir: sé tú su prójimo. Haz eso y vivirás, tendrás vida.

Un objetivo para la vida
Si lo pensáis un poco, veréis que es impresionante. Deberíamos dedicarnos a aprender esta lección, a vivirla, a hacernos expertos, convertirlo en objetivo vital. Tuve un amigo que se había propuesto subir las 100 cumbres del país vasco, porque pensaba que en la vida se funciona mejor si uno se plantea objetivos ¿Qué tal si el amar fuera mi objetivo vital? Voy a preguntarme cada día: cómo voy creciendo, cómo he tratado a Dios, cómo he tratado a mi prójimo. Qué puedo hacer mañana.


miércoles, 21 de septiembre de 2016

" Id, yo os envío". ¿Hay que evangelizar aún?

(3 de julio 2016
Do 14 TO c)
"En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él"
(Del capítulo 10 del evangelio según san Lucas)

Hoy el evangelio nos cuenta el envío que hace Jesús de setenta y dos discípulos para prepararle el camino en los pueblos y aldeas que pensaba él visitar. Debió ser un suceso memorable, tal y como lo cuentan los evangelios. Era seguramente la primera vez que ocurría y seguramente se acordaron toda su vida de aquella aventura, como veo que os pasa a algunos de vosotros que vais de misiones con El Regnum Christi o las del Mater Salvatoris... Un año más tarde Jesús enviará a todos, y no sólo a un grupo: “Id por todo el mundo, predicad el evangelio”. Así lo hicieron. Hasta llegar a hoy, hasta llegar a nosotros. Sí, hasta aquí aquí llegaron, hasta nuestros tatarabuelos... 

Y todavía hay que seguir yendo. En China, por ejemplo, cientos de millones no saben nada de Jesús, de la maravilla de la eucaristía, del perdón, del cielo…Pero diría que ahora hay que anunciar el evangelio cerca de nosotros, entre nosotros los cristianos. Jesús pidió a sus discípulos que evangelizaran en primer lugar a las ciudades de Israel, o sea, a sus hermanos de religión, "a las ovejas perdidas de la casa de Israel". Podemos pensar: ¿Pero es que hay necesidad de evangelizar en los propios países cristianos? Pues mirad: ayer, por ejemplo, se cumplieron cien años de Batalla del Somme, que tuvo lugar al norte de Francia en un frente de cuarenta quilómetros: como de aquí al Escorial. El primer día de la batalla murieron 30.000 hombres. A lo largo de los siguientes cuatro meses,  ochocientos mil. La batalla fue entre países cristianos. ¿Pensáis que no necesitaban evangelización? ¡Aquello fue diabólico! Y no es la única señal de presencia de Satanás. Hace unos días se publicaron las cifras estimadas de prostitución y explotación sexual de personas en España, que son terroríficas. Mirad las cifras de la corrupción, del sectarismo antirreligioso, de las rupturas familiares.¿Y pensáis que no necesitamos ser evangelizados, que no necesitamos el evangelio?

"Id a todo el mundo". Es decir: salid. Salir. Pero no se trata de salir físicamente. Lo que mata la misión es el egoísmo de ir siempre tras nuestro capricho, el vivir pensando solo en qué vamos a comprar, en donde vamos a viajar, en por qué me voy a sacrificar… Y es justo de esa pasivida de la que hay que salir. Por eso Jesús les pide también que no vayan cargados de cosas. 

Me hace gracia pensar que Jesús les pide que no tengan miedo de invitarse en las casas. Así nos muestra que la evangelización es algo amable, entrañable, de amigos, de hermanos, de vecinos. Significa buena noticia, la buena noticia del Reino que ya está cerca de vosotros. Sed amables. Pero sed fuertes, decid la verdad. No tengáis miedo a "invitar", es decir a manifestaros amantes de la Eucaristía. No podemos ser misioneros ni lo somos evangelizados. 
Señor, envía obreros a tu mies; envíanos a nosotros. Envíame a mi.


martes, 20 de septiembre de 2016

SANTOS EN MEDIO DEL MUNDO. En la fiesta de san Josemaría

(26 de junio 2016)

Mañana 26 de junio, día de elecciones al parlamento, es un día importante para nuestro país. Siguiendo la tradición apostólica, rezaremos especialmente por el éxito de la consulta electoral y pediremos la bendición de los gobernantes que salgan de ella.
También es hoy, como sabéis, la fiesta litúrgica de san Josemaría, a quien la diócesis de Madrid dedicó esta parroquia. Es nuestra fiesta, de nuestro patrono. Aquí, en Madrid, vivió y trabajó durante diecinueve años claves para comprender su vida: de 1927 al 1946; o sea de los 25 a los 44 años. Luego se trasladó a vivir a Roma y allí falleció en 1975, tal día como mañana. Por entonces vivía yo en Roma, así que lo recuerdo bastante bien. Aquí en Madrid recibió su vocación el 2 de octubre de 1928. Era el martes 2 de octubre, el segundo día de un retiro espiritual que había comenzado el día anterior. Acababa de celebrar la santa Misa y se había recogido en su habitación para orar y meditar las anota­ciones que había ido escribiendo en los últimos meses, cuando recibió la inspiración de Dios. Lo recuerda en su diario pocos años después (2X1931):
"Recibí la iluminación sobre toda la Obra, mientras leía aquellos papeles. Conmovido me arrodillé estaba solo en mi cuarto, entre plática y plática di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el to­car de las campanas de la parroquia de N. Sra. de los Ángeles".
San Josemaría es un santo fundador, como lo han sido varios españoles a lo largo de la historia; los más conocidos e importantes, desde luego, han sido san Ignacio y santo Domingo. Aunque San Josemaría no fundó una orden religiosa, sino que se propuso desde entonces una movilización de cristianos laicos, que asumieran que la vocación al servicio de la Iglesia también se podía y debía desarrollar en el ejercicio del propio trabajo, en el propio hogar, en la actividad cultural, política, en la amistad… Agrupados al principio como una simple asociación de fieles, Juan Pablo II los constituyó en una estructura eclesial: una prelatura de carácter personal, no territorial, y los puso bajo la autoridad de un prelado de la Iglesia -un obispo, digamos- para que les dirigiera y formara en esa misión.
San Josemaría estaba convencido de que las continuas crisis y choques culturales que se sucedían en Europa y el mundo podían deberse a que muchos cristianos laicos eran, sí, piadosos, pero no se tomaban tan en serio como la piedad la transformación cristiana del mundo desde dentro, desde un trabajo bien hecho, desde una configuración de la sociedad -de la vida social, del arte, del entretenimiento- más cristianos…
"Estas crisis mundiales son crisis de santos. Dios quiere un puñado de hombres suyos en cada actividad humana", escribió; así viene el reino de Cristo. Santos en medio del mundo... Ojalá lo seamos todos los que estamos en esta parroquia, todos los que hoy participamos de esta eucaristía.


jueves, 25 de agosto de 2016

¿Qué hay que ver para creer?

(19 junio 2016 Do 12 TOc)
Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó:
- «¿Quién dice la gente que soy yo?»
Ellos contestaron:
«Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.»
Él les preguntó:
- «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
Pedro tomó la palabra y dijo: 
«El Mesías de Dios.»
(Del capítulo 9 del evangelio según san Lucas)

¿Quién pensáis que soy yo?
Jesús no comenzó su ministerio diciendo soy el Mesías -el Cristo-. Lo fue insinuando poco a poco, como cuando les dice “aquí hay más que un profeta”, u otras expresiones indirectas. Lo sabían desde luego María y José; también Juan el Bautista. Pero él no se presentó a sí mismo de ese modo. Él predicaba el evangelio, la buena nueva del Reino y de la conversión. Pero al verle actuar o escucharle la gente empezó a pensar que él se tenía por Mesías, o al menos realizaba acciones que corresponderían a ese personaje anunciado y anhelado. Sobre todo les llenaba de consternación cuando se realizaba un milagro por su palabra, o cuando se atrevía a decir a alguien: "tus pecados quedan perdonados"… 
Así fue, al parecer, hasta que él mismo -y es la escena que hoy nos evangeliza- lo planteó abiertamente a los discípulos: ¿Quién dice la gente que soy yo? ¿Qué dice la gente de mi? ¿Qué piensa? Y luego más directamente a ellos: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?". 
"Tú eres el Mesías", le responde Pedro. Es estimulante pensar el recorrido espiritual que realizaron esos hombres hasta dar el salto interior del acto de fe; esa afirmación, ese acto lleno de discernimiento, nacido de una libertad intelectual que se siente retada los hechos que ve, por las palabras que escucha. Es una especie de salto espiritual, en que consiste el acto de fe: "tú eres el Mesías". 
Hay una exclamación popular en la que se dice dice: "¡Ver para creer...!" Y realmente es cierto -aunque parezca paradójico- que para creer, primero hay que ver algo. La fe es creer algo que no se "ve", porque alcanza, intuye, y afirma algo más allá de lo perceptible. Pero se apoya en lo que se ve, claro: no es irracional. Es más, si uno no se empeña en ver lo que Dios nos muestra, tampoco puede llegar a aceptar aquello de más que nos revela, aquello que está más allá de la percepción. Si uno no se acerca a Jesús, ni escucha de corazón su palabra, tampoco puede pretender alcanzar el don de la fe. Y si uno escucha lleno de prejuicios o con displicencia -como ocurría con algunos de los que le escucharon-, no llegan tampoco al umbral de la fe, desde donde se da el paso; uno mismo se cierra el camino.

La fe que transforma la vida
La confesión de la fe, la formulación psíquica de su contenido, nos transforma. La fe no es una fórmula para enunciar más o menos distraídamente, sino una verdad que uno profesa aceptar -en base a la palabra y vida de Jesús- y en base también, en parte, a lo que me dice el corazón y la razón. Pero una vez que se enuncia en el alma, la transforma: creo que Dios es padre y creador; creo que el Espíritu santo es el alma de la Iglesia; creo en el perdón de los pecados, que pueden ser perdonados; creo en la vida eterna, creo que esta vida no es todo: espero en el Señor, y sé que me juzgará, con misericordia infinita y con absoluta sinceridad y verdad. ¡Y todo eso le cambia la vida!
     Los apóstoles -que aquí reciben indirectamente la revelación del mesianismo de Jesús- fueron descubriendo después más cosas acerca de él. Por ejemplo, cuando les dice: "Yo y el Padre somos uno". Ahora, les pide: "No digáis nada de esto a la gente". Nos resulta curioso que Jesús les ordene que no hablen a nadie de lo que acaba de decirles. Lo entenderemos mejor si nos damos cuenta del motivo: todavía no estaba todo dicho, ni habíabn aprendido todo. Faltaba aún la pasión, y también la resurrección, y el Espíritu santo, y la Iglesia... 
La fe debe crecer, hacerse madura. Como ocurre también a nosotros. Es preciso siempre alimentar la fe, estudiarla. ¿Por qué no hacéis grupos de estudio, o dedicáis un tiempo a la lectura personal, a plantearos preguntas? Sed audaces. Quered conocer. Si hemos de ser la sal de la tierra, la luz del mundo, hemos de aprender. Sabiendo que este es un aprendizaje especial, tiene una dimensión vital. Esto vale desde luego en la dimensión moral del mensaje, pero también en la vida interior, en la visión del mundo, que es la base de la dimensión moral. La fe requiere oración. La oración: estaba orando Jesús. Entrar en la intimidad de Dios. La oración no es solo para los monjes. Sin oración, estamos en peligro, somos "cristianos en peligro", como escribió en cierta ocasión Juan Pablo II. Y no se refería a los cristianos perseguidos, sino  a nosotros, los acomodados a una vida de cumplimiento sin oración personal que transforme la visión propia del mundo, de las personas, de las cosas, de nuestra misión. Al fin y al cabo, decir de veras: "Estoy convencido de que tú, Jesús, eres el Cristo, el Mesías", cambiaría por completo mi vida.