jueves, 25 de agosto de 2016

¿Qué hay que ver para creer?

(19 junio 2016 Do 12 TOc)
Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó:
- «¿Quién dice la gente que soy yo?»
Ellos contestaron:
«Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.»
Él les preguntó:
- «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
Pedro tomó la palabra y dijo: 
«El Mesías de Dios.»
(Del capítulo 9 del evangelio según san Lucas)

¿Quién pensáis que soy yo?
Jesús no comenzó su ministerio diciendo soy el Mesías -el Cristo-. Lo fue insinuando poco a poco, como cuando les dice “aquí hay más que un profeta”, u otras expresiones indirectas. Lo sabían desde luego María y José; también Juan el Bautista. Pero él no se presentó a sí mismo de ese modo. Él predicaba el evangelio, la buena nueva del Reino y de la conversión. Pero al verle actuar o escucharle la gente empezó a pensar que él se tenía por Mesías, o al menos realizaba acciones que corresponderían a ese personaje anunciado y anhelado. Sobre todo les llenaba de consternación cuando se realizaba un milagro por su palabra, o cuando se atrevía a decir a alguien: "tus pecados quedan perdonados"… 
Así fue, al parecer, hasta que él mismo -y es la escena que hoy nos evangeliza- lo planteó abiertamente a los discípulos: ¿Quién dice la gente que soy yo? ¿Qué dice la gente de mi? ¿Qué piensa? Y luego más directamente a ellos: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?". 
"Tú eres el Mesías", le responde Pedro. Es estimulante pensar el recorrido espiritual que realizaron esos hombres hasta dar el salto interior del acto de fe; esa afirmación, ese acto lleno de discernimiento, nacido de una libertad intelectual que se siente retada los hechos que ve, por las palabras que escucha. Es una especie de salto espiritual, en que consiste el acto de fe: "tú eres el Mesías". 
Hay una exclamación popular en la que se dice dice: "¡Ver para creer...!" Y realmente es cierto -aunque parezca paradójico- que para creer, primero hay que ver algo. La fe es creer algo que no se "ve", porque alcanza, intuye, y afirma algo más allá de lo perceptible. Pero se apoya en lo que se ve, claro: no es irracional. Es más, si uno no se empeña en ver lo que Dios nos muestra, tampoco puede llegar a aceptar aquello de más que nos revela, aquello que está más allá de la percepción. Si uno no se acerca a Jesús, ni escucha de corazón su palabra, tampoco puede pretender alcanzar el don de la fe. Y si uno escucha lleno de prejuicios o con displicencia -como ocurría con algunos de los que le escucharon-, no llegan tampoco al umbral de la fe, desde donde se da el paso; uno mismo se cierra el camino.

La fe que transforma la vida
La confesión de la fe, la formulación psíquica de su contenido, nos transforma. La fe no es una fórmula para enunciar más o menos distraídamente, sino una verdad que uno profesa aceptar -en base a la palabra y vida de Jesús- y en base también, en parte, a lo que me dice el corazón y la razón. Pero una vez que se enuncia en el alma, la transforma: creo que Dios es padre y creador; creo que el Espíritu santo es el alma de la Iglesia; creo en el perdón de los pecados, que pueden ser perdonados; creo en la vida eterna, creo que esta vida no es todo: espero en el Señor, y sé que me juzgará, con misericordia infinita y con absoluta sinceridad y verdad. ¡Y todo eso le cambia la vida!
     Los apóstoles -que aquí reciben indirectamente la revelación del mesianismo de Jesús- fueron descubriendo después más cosas acerca de él. Por ejemplo, cuando les dice: "Yo y el Padre somos uno". Ahora, les pide: "No digáis nada de esto a la gente". Nos resulta curioso que Jesús les ordene que no hablen a nadie de lo que acaba de decirles. Lo entenderemos mejor si nos damos cuenta del motivo: todavía no estaba todo dicho, ni habíabn aprendido todo. Faltaba aún la pasión, y también la resurrección, y el Espíritu santo, y la Iglesia... 
La fe debe crecer, hacerse madura. Como ocurre también a nosotros. Es preciso siempre alimentar la fe, estudiarla. ¿Por qué no hacéis grupos de estudio, o dedicáis un tiempo a la lectura personal, a plantearos preguntas? Sed audaces. Quered conocer. Si hemos de ser la sal de la tierra, la luz del mundo, hemos de aprender. Sabiendo que este es un aprendizaje especial, tiene una dimensión vital. Esto vale desde luego en la dimensión moral del mensaje, pero también en la vida interior, en la visión del mundo, que es la base de la dimensión moral. La fe requiere oración. La oración: estaba orando Jesús. Entrar en la intimidad de Dios. La oración no es solo para los monjes. Sin oración, estamos en peligro, somos "cristianos en peligro", como escribió en cierta ocasión Juan Pablo II. Y no se refería a los cristianos perseguidos, sino  a nosotros, los acomodados a una vida de cumplimiento sin oración personal que transforme la visión propia del mundo, de las personas, de las cosas, de nuestra misión. Al fin y al cabo, decir de veras: "Estoy convencido de que tú, Jesús, eres el Cristo, el Mesías", cambiaría por completo mi vida.

lunes, 15 de agosto de 2016

Cómo perdona Dios

(12 de junio 2016. Do 11 del tiempo ordinario C)
¿Por qué has menospreciado a Yahveh haciendo lo malo a sus ojos, matando a espada a Urías el hitita, tomando a su mujer por mujer tuya y matándole por la espada de los ammonitas? Pues bien, nunca se apartará la espada de tu casa, ya que me has despreciado y has tomado la mujer de Urías el hitita para mujer tuya. David dijo a Natán: «He pecado contra Yahveh.» Respondió Natán a David: «También Yahveh perdona tu pecado; no morirás. (2 Samuel 12)
Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra.» Y le dijo a ella: «Tus pecados quedan perdonados.» Los comensales empezaron a decirse para sí: «¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?» Pero él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz.» (Evangelio de san Lucas, 7)

Hoy la liturgia de la palabra se detiene en el tema del perdón de la culpa por parte de Dios; de cómo perdonó a David sus crímenes, y de cómo declaró Jesús el perdón de aquella mujer anónima pecadora que lavó y perfumó sus pies durante una comida. Hablemos del perdón de Dios. Nosotros perdonamos y pedimos perdón; y  eso realmente eso bueno, generoso, conveniente y necesario. ¡No podemos ni debemos estar toda la vida enfadados, por mucha razón que tengamos! (que no siempre tenemos tanta). Así, pues, perdonémonos siempre y cuanto antes. Y facilitemos a los otros que nos perdonen -cuando les hemos ofendido o simplemente molestado-, disculpándonos con sencillez y sinceridad. Todo esto del perdón es una gran obra de caridad y también de sentido común. Aunque cueste, por el orgullo. 
Pero hablemos de otra cosa: del perdón de Dios. Pues aunque la gente nos perdone, el pecado deja siempre una huella en el mundo y en nosotros. Es una ofensa al bien, a Dios, a la propia dignidad; nos hace feos, malos, fríos. Nos aleja de Dios. Puede que los demás nos perdonen, pero el mal que hacemos o nos hacen queda ahí, en mi o en los demás, hecho en cierto modo para siempre y con todas sus consecuencias. Y concretamente en mi -en quien lo hace- queda en forma culpa; y en el mundo como huella. Tal vez eso es lo que refleja el escándalo de los oyentes de Jesús cuandodice a la mujer: -Estás perdonada de tu pecado. "¿Quién puede perdonar la culpa, los pecados, sino Dios?" , comentan, con toda razón. Es decir: ¿quién podrá hacerme de nuevo, devolverme la inocencia, borrar la culpa y perdonarla? Eso sólo lo puede hacer Dios, por amor: -"Dios ha perdonado tu pecado, no vas a morir", le dice Natán a David de parte de Yahveh. Como Jesús dice a la mujer: -"Tu fe te ha salvado. Vete en paz."
¿Cómo puede Dios hacernos de nuevo?
En diálogo con el fariseo sobre esta mujer Jesús explica que esa mujer ha amado mucho, y que eso le ha salvado, eso ha hecho posible que Dios la perdonara. Y cuando dice que ha amado mucho no se refiere precisamente a sus amoríos, sino a la sinceridad de su dolor, a su deseo de ser perdonada, expresados en ese gesto valiente y humilde, y lleno de amor por Jesús, aún a despecho de lo que los demás pensaran de ella y del Señor. Así, Jesús revela que Dios nos perdona porque le amamos. No porque amemos sin más, claro, ya que todo el mundo ama algo; a menudo sus caprichos, su voluntad, su gloria, su tranquilidad…a quien no debe o como no debe. Sino porque el dolor por el mal hecho se convierte en una forma de amor, de arrepentimiento, que busca con lágrimas la curación. Porque le amamos -y él nos ama- nos perdona. Por eso la falta de sinceridad interior o exterior es la dificultad máxima que Dios encuentra para curar nuestro corazón. Como el fariseo, que sólo se preocupa de juzgar a los otros, o como David, que en su engreimiento real ni si quiera se entera del terrible daño que ha hecho con su adulterio. A David le envía un profeta que le reprenda con severidad, precisamente para que se dé cuenta. Él reacciona con humildad, y el Señor le perdona inmediatamente.
No dejes, Señor, que se oscurezca nuestra conciencia; no dejes a tus hijos en la Iglesia fríos, cuando nos esperas siempre. El Papa ha querido elevar de categoría litúrgica la fiesta de Santa Magdalena, y le ha otorgado el título de apóstol. Es muy bonito. No sólo porque revela la vocación apostólica en las mujeres, sino por la tradición que la presenta como pecadora ganada por el amor a Jesús.


El Cuerpo del Señor. Amén

(29 de mayo 2016)

Hoy es la fiesta del Corpus, el Corpus Christi. "-El Cuerpo de Cristo", nos dice el sacerdote o el diácono cuando nos ofrecen la Comunión: "Esto es el Cuerpo de Cristo".  Y uno responde: "-Amén", así lo creo, así es, así lo sea para mi ahora. Nosotros, en realidad, no hemos conocido el Cuerpo del Señor, no hemos vivido mientras él era un hombre mortal y podía ser abrazado, mirado, bendecido o bien maltratado; Dios verdadero pero hecho verdaderamente hombre, mortal. No conocimos así el Cuerpo del Señor y tampoco ahora lo conocemos así. Lo conocemos sólo indirectamente: sabemos lo que decía, sabemos que quería a los niños, sabemos la edad que alcanzó, sabemos que murió crucificado… Precisamente porque sabemos conocemos todo eso somos capaces de representarlo, de repetir sus palabras, de hacernos imágenes suyas. Todo eso nos ayuda y consuela mucho. Pero diría que sobre todo tenemos el Pan eucarístico. Sabemos que Jesús tomó pan en sus manos, lo partió y se lo repartió diciendo: esto en mi cuerpo; haced en memoria mía. Eso hacemos, eso haremos hoy mismo dentro de un rato. Así, pues no lo conocimos, pero cuando repetimos sobre el pan –obedeciendo a su mandato-: "Esto es mi cuerpo", aquí está mi cuerpo, entonces sabemos que de veras está ahí, que es él mismo, resucitado, vivo; porque nos lo dijo así. Y está con esa forma externa de alimento: yo estoy aquí y soy tu alimento. ¡Amén! Gracias, Jesús.
Nuestros hermanos protestantes, las comunidades nacidas de la Reforma del s. XVI piensan que no es propiamente su cuerpo, sólo una especie de signo. Pero la Iglesia universal siempre pensó: sí, es su Cuerpo, lo dijo él; siempre dijo: "¡Amen!". Por eso el sacerdote adora el pan y el vino después de pronunciar las palabras de Jesús. Por eso reservamos siempre Pan en el Sagrario y hacemos ante esa reserva una genuflexión de adoración. Es como decir de nuevo: "¡Amén"! Luego nos sentamos y conversamos con él , como con un amigo que se sienta frente a frente al amigo, y nos escucha. Es él, es Jesús. Y le hacemos fiesta de vez en cuando: lo colocamos sobre una especie de trono ( la "custodia") y lo exponemos a nuestra vista; y le cantamos canciones y perfumamos el aire con el incienso y encendemos velas en su honor. 
Deberíais venir más a la adoración que hacemos todos los jueves… Deberíamos tratarle mejor en el Pan eucarístico, con más fe y más amor. Con devoción, delicadeza de cuerpo y de alma, como cuando uno se arregla para un encuentro importante: así también aquí, arreglados en cuerpo y alma. Es el Cuerpo de Cristo. No lo conocimos, pero está aquí. Y está para ti. No le hagamos esperar. Es nuestro salvador.

jueves, 7 de julio de 2016

EGIPTO, ENTRE EL NORTE DE ÁFRICA Y EL ORIENTE MEDIO

EGIPTO, ENTRE EL NORTE DE ÁFRICA Y EL ORIENTE MEDIO
El reto del encuentro entre iglesias en un país clave para el diálogo con el islam
Jorge Peñacoba
(Texto publicado en la revista "Palabra" julio-agosto 2016)

Icono copto de los nuevos mártires
El 15 de febrero de 2015 se publicó en internet un video con la decapitación de veintiún hombres a manos del Daesh establecido en el este de Libia. Eran trabajadores cristianos, emigrantes egipcios. Habían sido secuestrados dos meses antes. A todos ellos se les veía orar mientras esperaban la muerte. En el video se distinguía claramente las palabras de uno de ellos, Milad Saber, pronunciando el nombre de Jesús: -Ya Rabbi Yasou! (en lengua copta: Oh mi Señor Jesús), después de negarse a apostatar. Eran jóvenes campesinos procedentes de la zona del Medio Egipto, que concentra el mayor porcentaje de población cristiano copta. Milad Saber  y sus compañeros fueron canonizados como mártires por el papa Tawadros II, actual patriarca, e incluidos en el Synaxarium, el martirologio de la Iglesia copta, el día octavo del mes de Amshir (15 de febrero de aquel año) para su memoria litúrgica. Pocos días después, el papa Francisco se unía de corazón a la proclamación, hablando de ellos también como mártires, y del “ecumenismo” que implica su común veneración.

La casualidad quiso que ese mismo día 15 de febrero, mientras se conocía el horror de aquel asesinato, en la ciudad turística de Sharm-el-Seikh -en la punta sur de la península del Sinaí- el obispo copto católico Makarios Tewfik consagraba con gran alegría el primer templo de la iglesia copto-católica del lugar, destinado a atender a miembros de las familias católicas, pocas originarias de allí, pero muchas formadas por trabajadores y turistas procedentes de países católicos de todo el mundo. La erección del lugar de culto se había logrado tras muchos años de laboriosas gestiones (y no sin la decisiva intervención Susane Mubarak) para doblegar la oposición de las autoridades locales. El complejo se ha construido con el apoyo moral y económico de la organización Ayuda a la Iglesia Necesitada, que desde hace años está siendo decisivo para la Iglesia en el país del Nilo.

El contraste que provocan las dos imágenes sirve para explicar la situación de los cristianos egipcios en la era contemporánea, desde que Mehmet Ali ((1769 - 1849) creara el Egipto moderno. Historia que se ha movido siempre entre cierta discriminación -dentro de una amplia tolerancia- y brotes de una violencia, más o menos “religiosa”, y más o menos “populares”.

La Iglesia en el país del Nilo

Egipto es un gran país, con 84 millones de habitantes (quince de ellos en El Cairo, la mayor ciudad de África y de Oriente Medio), que goza una renta per cápita de dos mil dólares. El cristianismo allí es antiguo, tiene origen apostólico y, como se sabe, fue especialmente floreciente en los siglos III y IV.  Los padres y escritores eclesiásticos alejandrinos tuvieron decisiva importancia en el desarrollo del dogma católico. La ruptura ( a. 457) del patriarca Timoteo II con la iglesia bizantina a raíz del concilio de Calcedonia (a. 451) marcó definitivamente su historia, convirtiéndose desde entonces en una Iglesia separada de Roma; es la Iglesia “copta”. El término procede de la corrupción lingüística de la palabra “egipcio” en lengua árabe. En 1741, el obispo copto de Jerusalén, llamado Atanasio se hizo católico junto con su congregación, formada por unos dos mil fieles. Aunque más tarde regresó a la obediencia al patriarca alejandrino, aquel grupo de fieles permaneció católico y fue el origen de una rama de la Iglesia copta que permanece en comunión con Roma, los copto-católicos, de la que se calcula que forman parte unos trescientos mil fieles divididos en tres eparquías –Alejandría, El Cairo y Port Said-, actualmente unidas en la persona de un único patriarca copto-católico. Hay también otras comunidades cristianas en el país, consecuencia en parte de su historia política, especialmente numerosa es la greco ortodoxa, que se remonta a aquella primera crisis en la unidad, cuando la Iglesia en Egipto rompió con la bizantina y la población egipcia de origen griego permaneció unida al patriarca de Constantinopla.
Iglesia de san Sergio, El Cairo
 A pesar de la progresiva islamización que se dio tras la conquista por los árabes, Egipto ha seguido siendo cristiano ininterrumpidamente, y todo el país está lleno de huellas de historia -¡y actualidad!- cristiana: desde el antiquísimo monasterio de Santa Catalina, en el Sinaí, hasta el enorme conjunto monasterial de Wadi Natrum, al oeste del Delta, ya en el desierto, donde viven más de cuatrocientos monjes. Si uno visita el llamado barrio copto, en la antigua fortaleza de Babilonia que fue el germen de la actual ciudad de El Cairo, se pueden visitar las antiguas iglesias de San Sergio o  también la llamada iglesia colgante, muy cerca del conjunto monasterial de San Jorge, de la Iglesia  greco ortodoxa. Los franciscanos, a través de la Custodia de Tierra Santa, atienden y dirigen muchas parroquias, también los combonianos y los jesuitas, presentes en Egipto desde finales del XVII.

Estos últimos dirigen en Alejandría un centro cultural y pastoral de gran atractivo. Hay centros de teológicos importantes, sobre todo uno dedicado a estudios orientales en El Cairo.

¿Violencia religiosa?

No sería objetivo afirmar que los cristianos en Egipto son perseguidos. Al contrario, por lo general son respetados y apreciados; son vistos y se sienten egipcios como los demás, aunque sufren ciertos prejuicios sociales, comparables a los de minorías étnicas en otros países. Con matices diferentes -según las zonas rurales o los ambientes urbanos-, se podría decir que los cristianos se mueven con naturalidad, y son considerados conciudadanos a todos los efectos por los musulmanes, que saben que no provienen de fuera, sino que han estado en el país siempre. Forman una gran minoría religiosa, que alcanza seguramente el diez por ciento de la población. Aunque se encuentran repartidos por todo el país, en el Alto Egipto -en localidades situadas alrededor de 300 km al sur de El Cairo, como Asiut o Menya-, los coptos son especialmente numerosos, y en las tres grandes metrópolis que marcan el triángulo del delta del Nilo -El Cairo, Alejandría y Port Said-, las iglesias cristianas marcan el paisaje urbano tanto como las mezquitas.

Sin embargo, no dejan de notarse ciertos recelos sociales, en el caso de las ciudades, y de rivalidades en las zonas rurales, y ese difuso desprecio étnico; todo ello agravado ahora por la extensión del islamismo y sus expresiones más radicales, por mucho que la mayoría de la población repudie sinceramente la violencia que han sufrido. De otro lado, la inestabilidad política en toda la zona generada durante la llamada “primavera árabe” está detrás de los estallidos de intolerancia, limitados pero de gran virulencia: seis muertos a la salida de una misa de Navidad, veinticinco en un choque de manifestantes con fuerzas del orden, veintitrés fallecidos en un atentado suicida junto a una iglesia… Por lo demás, no hay que olvidar que los atentados islamistas tienen también entre sus objetivos a los funcionarios o al turismo. Más que de persecución la Iglesia en Egipto se queja de discriminación legal o cultural, y reclama la definitiva superación del la sutil brecha a través de una reforma constitucional, que está en curso, y del compromiso de las nuevas autoridades en crear de una nueva atmósfera, menos parcial.

Libertad de culto. La Constitución de 2014

El momento puede ser propicio. Como otras muchas instancias sociales,  el patriarca Tawadros II apoyó en su momento el golpe militar que apartó del poder a Mohammed Morsi en 2013, tras las masivas manifestaciones contra el gobierno islamista, un gobierno formado por la coalición del partido de la cofradía de los Hermanos Musulmanes y el partido Salafista., A pesar de las promesas que había hecho en sentido contrario, la reforma constitucional emprendida por Morsi seguía sufriendo una escoramiento islamista, con lo que ello implica de discriminación por razón de religión. Tras la caída de Morsi, el general Abdel Fatah Al-Sisi, después de someterse a nuevas elecciones presidenciales consideradas como democráticas, ha impulsado la nueva constitución, aprobada por referéndum en enero de 2014.

El nuevo texto constituyente establece libertad de culto para los miembros de las tres religiones “divinas”: islam, cristianismo y judaísmo; también ordena que no haya  diferencia en el código penal respecto a los delitos ofensa a la religión o de incitación al odio, que serán considerados además como delitos contra la unidad nacional, se trate de una u otra religión. También da libertad a las tres religiones para erigir lugares de culto. Queda por legislar la concreción de esa facultad, pero por el momento se ha creado el marco legal que aliviará las enormes dificultades administrativas y prácticas que sufren los cristianos para construir o reparar sus iglesias.

Libertad religiosa

Si en libertad de culto ha habido avances, no puede decirse lo mismo respecto a la libertad religiosa propiamente dicha, aunque sólo sea porque permanece el deber de indicar en el documento de identidad la pertenencia a una de esas tres religiones. En teoría, el objeto de esta consignación es tener el dato en cuenta a la hora de aplicar las leyes civiles, que en determinados temas remiten al estatuto personal religioso, por ejemplo en el ámbito del derecho matrimonial y familiar.  Sin embargo, esa anotación en el documento de identidad nacional no pueden cambiarse en caso de conversión, de modo que si una persona se convierte, por ejemplo, al cristianismo, en su documento de identidad seguirá constando como musulmán, con los múltiples problemas de todo tipo que eso puede ocasionarle. Así, aunque la ley no prohíbe la conversión del islam a otra religión, el hecho queda reflejado públicamente. Además, no hay que olvidar que la sharia ordena el asesinato de los apóstatas, y aunque esa costumbre está abolida de la ley penal o civil, la sharia se sigue considerando fuente interpretativa del Derecho. Este hecho crea inseguridad jurídica y puede dar lugar a impunidad ante posibles actos fanáticos. Lógicamente, no todo el mundo está dispuesto a asumir estas dificultades en su vida corriente, menos aún en ambientes rurales.
Por otro lado, estipular que las leyes “canónicas” de cada religión sean la base de la legislación que gobierna el status personal de cada uno, puede llevar a dificultades importantes indirectamente. Por ejemplo, la ley sólo reconoce matrimonios islámicos, cristianos o judíos, y establece que los que se casan deben ser miembros de la misma denominación religiosa: un shií no debe casarse con un suní, ni un protestante con un católico.  Por otra parte, todos los ciudadanos están sometidos a la sharia en materias de herencia y de adopciones. Si un varón desea casarse con una musulmana ha de convertirse al islam (mientras que la mujer no musulmana no está obligada a convertirse al casarse con un musulmán). Una mujer casada que se convierte al islam puede divorciarse de su marido no musulmán, y en ese caso, la custodia de los hijos recae en ella exclusivamente. Por su parte, los hijos menores de edad de padres musulmanes eventualmente conversos al cristianismo son considerados legalmente como musulmanes aunque se hayan bautizado. En cualquier caso, en los conflictos matrimoniales los tribunales deben aplicar la sharia.

Buenas intenciones

El patriarca Tawadros con el presidente Al-Sisi
Todos los problemas relacionados con las libertades de culto y religión preocupan seriamente a las autoridades del país, ya que sobre el fondo de la intolerancia activa, cada vez más presente en otros países de la zona, ofrecen una imagen del país que no es, a su juicio, representativa de la realidad normal, y daña las posibilidades de homologación con el mundo cultural occidental. En un discurso dirigido en enero de 2014 a las autoridades religiosas de la universidad de Al-Ahzar -que es el centro teológico musulmán de más prestigio del mundo entre los sunníes-, el presidente Al-Sisi exigió una “revolución religiosa”, un cambio de mentalidad. “¿Cómo es posible que 1,6 mil millones de personas puedan pensar que para vivir deben eliminar al resto de los 7 mil millones de habitantes del mundo? No, ¡eso es imposible!”.
En un sorprendente tono perentorio y de reproche añadía: “Lo que estoy diciendo no podéis percibirlo si permanecéis atrapados en esta mentalidad. Tenéis que salir de vosotros mismos y observar esta forma de pensar desde fuera, para erradicarla y reemplazarla con una visión más iluminada del mundo”.

Él mismo ha asumido en primera persona una conducta propia de presidente de todos los egipcios, encontrándose afablemente con todos los líderes religiosos. Tras la canonización de los veintiún mártires de Sirte anunció que se construiría en su honor un templo en Mynia, la capital del distrito al que pertenecían; y envió a siete de los ministros de su gobierno –entre ellos al primer ministro- para que visitaran a las familias de cada uno de los mártires asesinados. “Todos vosotros sois un gran valor para la nación”, afirmó el mandatario que presidía la representación oficial, “estamos dispuestos a sacrificarnos por todos los hijos de Egipto". Y anunció que se hará construir una iglesia a expensas del Estado en memoria de los mártires en la aldea de  Al-Our.

Unidad entre los cristianos

En el conjunto del norte de África, Egipto es un lugar especial. Geográfica y culturalmente es la bisagra entre esa región y el Oriente Medio, con una gran influencia en todo el mundo árabe. Es un país acostumbrado también a la convivencia con occidente y lo occidental, de gente laboriosa y abierta, donde en general se valora la estructura familiar, la amistad y la religiosidad. Para la Iglesia podría suponer una maravillosa oportunidad de conocimiento y convivencia con la cultura árabe. En este sentido, la mayor debilidad que presenta la situación de la Iglesia allí –como en otros países del Oriente Medio- es precisamente la histórica fragmentación de las comunidades cristianas, que viven a menudo de espaldas unas de otras, incluso las que están en comunión en la Iglesia católica. Copto católicos, greco-católicos, maronitas, armenios, caldeos, católicos de rito latino… tienen sus propias jerarquías y organizaciones, que apenas se tratan entre sí.

La Santa Sede convocó una asamblea especial del Sínodo de los Obispos para Oriente Medio, cuyas deliberaciones tuvieron lugar en octubre de 2010. “La comunión eclesial y el testimonio cristiano”, eran los dos temas que se abordaron. El primero hacía referencia a la comunión dentro la Iglesia católica, y también entre las diversas Iglesias y comunidades cristianas. El segundo –el testimonio cristiano- pretendía resaltar puntos de unión y respeto mutuo entre los cristianos, hebreos y musulmanes. Durante su viaje a Tierra Santa, en septiembre de 2012, Benedicto XVI hizo la entrega simbólica de las conclusiones de la reunión. En la exhortación apostólica post sinodal, el papa  escribía:  Junto con la Iglesia católica, en Oriente Medio están presentes numerosas y venerables Iglesias, a las que se añaden comunidades eclesiales de origen más reciente. Este mosaico requiere un esfuerzo importante y continuo por favorecer la unidad, dentro de las respectivas riquezas, con el fin de reforzar la credibilidad del anuncio del Evangelio y del testimonio cristiano
Desde el punto de vista práctico, el objetivo más importante en Egipto –aunque parezca modesto- es la creación entre los obispos de los diversos ritos católicos de organismos inspirados en el funcionamiento de las conferencias episcopales. Los centros de culto o educativos católicos de rito latino tienen prestigio, y el vicariato apostólico establecido allí por Roma realiza todos sus esfuerzos en lograr la sintonía entre las minorías cristianas presentes y su revitalización misionera y de servicio a la población, sobre todo a los más necesitados.