lunes, 26 de mayo de 2008

Mártires

Este artículo fue publicado con ocasión de la beatificación de un numeroso grupo de mártires de la Guerra Civil española, y ante el debate en la opinión pública eclesial y política que suscitó este iniciativa
(Fue publicado por "El Correo", el 28.II.07 )

Mártir es, en la historia del cristianismo, una palabra muy seria. No es sin más equivalente a héroe o a víctima, aunque a menudo los mártires hayan sido también ambas cosas. Significa originariamente en griego testigo, el que da testimonio. El libro del Apocalipsis lo aplica Jesucristo: le llama 'el mártir -testigo- digno de fe y verdadero' (Apoc 3,14). En efecto, Jesucristo es el testigo del amor de Dios al hombre, sobre todo en la cruz, donde también da testimonio de la verdad de su palabra: no he venido a condenar, sino a salvar. San Lucas afirma que el propio Señor se despide de sus discípulos diciéndoles: 'vosotros seréis mis testigos -mártires- hasta el confín de la tierra' (Hech 1,8). Desde el principio, la Iglesia otorgó ese hermoso título a los que morían inocentemente en las persecuciones que sufrió, a veces por parte de autoridades civiles. Se recogieron y veneraron sus reliquias, se les otorgó un puesto de honor en la iconografía, en la memoria, en la liturgia y, sobre todo, en el corazón de los creyentes. Es lógico y humano, y siempre lo seguiremos haciendo así. No va contra nadie, es afirmación; es orgullo del bueno, no hay nada de odio en ello. Uno de los que ahora vamos a celebrar le escribió a su hermano cuando le hicieron saber su condena: «'véngate' de ellos a nuestro estilo: perdónales de corazón, y hazles todo el bien que puedas y reza por ellos».Son casi quinientos los ahora beatificados, de los aproximadamente diez mil de los que consta que fueron asesinados exclusivamente por su condición religiosa. Sus respectivas 'causas' han sido estudiadas desde hace muchos años con detalle: testigos, actas, papeles, circunstancias, vida anterior... Todo está al alcance de los estudiosos o de cualquiera que adquiera el libro que recoge el resumen de la exhaustiva investigación realizada. No eran combatientes ni militantes políticos, no incitaron a nadie al combate ni a la rebelión, no realizaron ni participaron en ningún acto contra la República, no amenazaron a nadie ni se resistieron con violencia (de muchos de ellos quedaron testimonios explícitos de perdón a sus asesinos), no eran activistas, ni 'ricos opresores'. No eran ni siquiera unos 'conocidos' contra los que sus asesinos tuvieran un rencor particular. Y a la vez, tampoco puede decirse que murieran casualmente, accidentalmente o por error. Fueron asesinados -muchas veces de modo humillante o especialmente cruel- simplemente por lo que eran, religiosos o católicos practicantes, por odio a lo religioso o, más específicamente, a la Iglesia. Precisamente se aduce en ocasiones, a modo de atenuante, que los verdugos pensaban que aquellos pobres frailes o monjas o militantes de Acción Católica representaban de alguna manera a la Iglesia, y, por ende, la España derechista que había que derrotar o incluso eliminar. Pero eso más que excusar les acusa. ¿Qué o quién llevó a esos 'incontrolados' a confundir de tal manera las cosas, a exacerbar ese odio? ¿Sería justificable en un conflicto, en cualquier caso, asesinar a inocentes porque pertenecen sociológicamente a uno de los bandos enfrentados? La realidad, además, es que fueron buscados, perseguidos con una intención determinada e ideológica de hacer desaparecer la Iglesia físicamente: «España ha superado en mucho la obra de los soviets, por cuanto la Iglesia en España ha sido completamente aniquilada», se cuenta que dijo con orgullo un representante español en un congreso en Moscú.También se suele decir piadosamente que se trató una reacción popular contra el apoyo de la Iglesia a la sublevación militar de julio del 36. Yo no me dedico a la Historia, pero aunque está bien buscar atenuantes a las cosas terribles ('perdónales, porque no saben lo que hacen'), no conviene deformar la verdad. Ese apoyo fue más bien tardío respecto a la mayor parte de los asesinatos, saqueos e incendios, que comenzaron antes de la guerra. Andrea Riccardi, nada sospechoso de connivencia intelectual con lo que representó el franquismo, escribe en 'El siglo de los mártires' (Milán, 2000): «La escalada de los asesinatos fue impresionante: desde el 18 de julio hasta el final de ese mes, las víctimas del clero ascendieron a 861; en agosto, a 2.007, con una media de sesenta muertes al día. En otoño los asesinatos continuaron y a principios de 1937 disminuyeron (...) En ese contexto los obispos decidieron firmar la carta colectiva publicada en 1 de julio de 1937 en que los prelados denunciaban la persecución sufrida y se manifestaban abiertamente partidarios de los 'nacionales'». «La verdad -afirma el Cardenal Tarancón- es que la gran matanza se realizó cuando la Iglesia no se había definido, en ningún momento, por alguno de los dos bandos. Extrañamente todos aquellos muertos suelen atribuirse a la famosa carta colectiva, pero lo cierto fue lo contrario: la carta, de hecho, detuvo prácticamente la sangría (...), en realidad fue la consecuencia de aquellas muertes y no al contrario». No se trató de un movimiento espontáneo o popular. Toda la documentación apunta más bien a que -como la mayoría los mártires del siglo XX- murieron por un odio ideológico sembrado profusamente, cultivado y usado intencionadamente en muchas ocasiones. Reconocerlo no es malo, sobre todo cuando el recuerdo y la reparación no se hace desde la reivindicación, sino desde la disposición al perdón.Hay quien ha afirmado que no es el momento oportuno, porque puede parecer una contraprogramación a determinadas iniciativas del Gobierno. Pero lo cierto es que el proceso ha seguido su curso normal desde hace mucho tiempo, al margen de los eventos políticos. ¿Habría que esperar acaso a que gobierne la oposición? Se ha retrasado de hecho durante mucho tiempo, posiblemente por prudencia: han pasado dos generaciones, se ha dejado pasar el franquismo e incluso la Transición, las primeras alternancias políticas, todo para evitar confusiones. Pero ha llegado el momento, antes de que desaparezcan los testimonios y parientes y amigos más inmediatos de aquellos hombres y mujeres humildes y desconocidos que son sin embargo la gloria de la Iglesia. (También posiblemente algunos de los responsables de aquellos terribles hechos, que puedan sentirse perdonados por sus víctimas). Yo pienso que lo que no es oportuno ni justo es ocultar a los mártires: no se enciende una luz para ponerla bajo un celemín. La beatificación de los mártires del Siglo XX es inquietante e incómoda, porque muestra hasta dónde pudieron llegar la ideologías. También para nosotros, los católicos más bien acomodaticios del Siglo XXI, es inquietante. Pero es una inquietud saludable, por cuanto que nos pone en guardia frente a lo que C.S.Lewis llamó la abolición del hombre, el desprecio por la trascendencia de la persona. En realidad debería ser para todos un motivo de enhorabuena, para cualquier persona amante de la verdad y de la paz, porque nos muestran que hay gente que ha sabido soportar el dolor con humilde y pacífica valentía

jueves, 22 de mayo de 2008

EL PERDÓN Y LA PAZ

Este artículo critica la precipitación y desconsideración con que algunos organismos de la diócesis de Bilbao propusieron acciones pastorales encaminadas a promover la reconciliación ante el proceso de tregua y negociación que tuvo lugar durante esos meses.
(Publicado en el diario 'El Correo', de Bilbao, el Domingo 25.II.2007 )

En la encíclica “Sobre el amor cristiano”, publicada por el Benedicto XVI hace ahora un año, se recoge la objeción que una parte del mundo moderno hizo a la caridad cristiana, y que podría resumirse así: más que caridad, el hombre necesita que se le haga justicia; y, más que contribuir con ‘obras de caridad’ a mantener condiciones injustas existentes, lo que haría falta es crear un orden justo en el que no hagan falta las obras de caridad. Respondiendo a esta crítica, el Papa reconoce que, efectivamente, en el actuar cristiano la justicia debería en cierto modo tener precedencia sobre la caridad. Y no es que esté por encima, pero sí antes. No es que pueda llegar a hacer superflua la caridad (‘el amor siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa’), pero la hace auténtica. En cambio, encubrir con el nombre del amor cristiano la falta de compromiso con la verdad y con la justicia, sería una especie de sarcasmo.
La paz, el perdón, la reconciliación son indiscutiblemente categorías evangélicas relacionadas con el amor cristiano, y poseen una radicalidad y belleza moral maravillosos. Pero, precisamente por eso, me parece que había que referirse a ellos con prudencia a la hora de aplicarlas a la actual situación política. Por ejemplo, no sé si es bueno aplicar sin más la bienaventuranza de los pacíficos a los que promueven el opinable ‘proceso de paz’; entre otras razones porque, desde el punto de vista teológico, los únicos que probablemente merecen aquí la bendición evangélica de los pacíficos sean las víctimas que han sufrido sin vengarse ni reclamar venganza, marginados y casi avergonzados. Además, en el análisis y el sentir de muchos ciudadanos creyentes, al hablar de ETA no estamos hablando de un conflicto político (aunque lo hubiera) de dos partes enfrentadas, con más o menos parte de razón por ambos lados, en el que haya que hablar y predicar sobre la comprensión, el perdón y la reconciliación entre ellas, sino de una organización que ha ejercido unilateralmente una violencia injusta para imponer una especie de proyecto político. Para esos ciudadanos, más que de hacer la paz se trataría de que les dejen (nos dejen a todos) en paz y en libertad. Y están en su derecho de verlo así. Predicar sobre este asunto en términos de dos contendientes iguales a los que se pide por favor y en nombre de Cristo que se reconcilien y se pongan de acuerdo pacíficamente, ha producido en muchos la misma impresión de sarcasmo, incoherencia y casi burla a la que me refería antes al hablar de la relación entre caridad y justicia. Podrían decir, tal vez con razón: ‘¿por qué no se posicionan ustedes, sin más y netamente, a favor de la libertad real de las personas, en defensa de esa parte de la sociedad que ha sido violentamente amenazada; de los extorsionados, los insultados, los asesinados..., en vez de hablarnos de construir una paz que por nuestra parte jamás hemos vulnerado? ¿cómo pueden hablarnos de esfuerzos por la paz a los que solamente hemos sido víctimas de la brutalidad?, ¿cómo se nos puede sugerir la reconciliación con quienes ni siquiera han dejado de amenazarnos?’.
Se habla de ‘la violencia’, como si fuera un mal estructural, sin culpables. Se habla en nombre de una sociedad que querría la paz, como si fuera víctima de una lucha entre dos grupos banderizos, cuando lo real es un grupo que -apoyado en una ideología demencial e inhumana- amenaza y hostiga a todo el que se atreve a discrepar, sin que una buena parte del resto los haya defendido netamente y con valentía. Aprovechamos las condenas para hablar de otras supuestas injusticias, más o menos reales, pero de otro orden, que podrían discutirse en otro ámbito -y, tal vez, en otras circunstancias-.
La fe cristiana y la gracia tienen tal fuerza que pueden y de hecho llegan a producir en el corazón el milagro del perdón. Pero la Iglesia como tal –fieles y pastores- debería instalarse netamente al lado del que sufre la violencia o su amenaza, y denunciar a los agresores; sin equívocas equidistancias; sin palabras demasiado ambiguas. Se necesitan valoraciones morales netas y enérgicas que quiten a los violentos y a quienes les justifican cualquier apariencia de comprensión. Por eso pienso que las palabras de Mons. Blázquez ante la Catedral de Santiago, exigiendo ‘a la organización terrorista ETA que desaparezca definitiva y totalmente, sin dilaciones ni contrapartidas’, y reconociendo que ‘las víctimas del terrorismo forman parte de la memoria de un horror, del que no somos del todo inocentes, ni como ciudadanos de este país ni como miembros de esta Iglesia local de Bizkaia’ habrán supuesto para muchos creyentes, entre otros, un consuelo.