lunes, 5 de marzo de 2012

Comenzar por la soledad




Cuar 1 Jesús en el desierto
Jesús sufre la tentación: al hacerse realmente hombre, Dios sufre el acoso de Satanás, como todos los hombres; como Adán y Eva en el Paraíso; como cada uno de nosotros. Nos lo recuerdan al comienzo de la Cuaresma, que no deja de ser como una narración del comienzo de todo, de la Historia de la humanidad.
Así, pues, el Hombre y cada hombre, es acosado por esta realidad misteriosa y maligna, por este personaje, que es real, y por el resto de sus partidarios, rechazados por Dios (o mejor, al revés) al Principio de todo. Rechazado por un Dios a que no conoce ni puede ver. Un Dios al que desprecia y al que desea dañar; cosa que intenta conseguir acosando a su otra creación: el mundo y el hombre. Él es homicida desde el principio, afirma Jesús. También dice de él que es padre de la mentira, el gran mentiroso.
Satanás ha sido vencido definitiva y radicalmente por Cristo: se ha  terminado su poder, el poder de las tinieblas. Ha sido vencido, pero el hombre es incitado por Satanás, está aún a su alcance -como antes de la caída- mediante la mentira. Y también mediante el poder que conserva sobre acontecimientos y sobre las personas que aceptan su seducción. Esa es su fuerza; nuestra debilidad es su fuerza.
Por eso suele enseñarse en la catequesis que los enemigos del hombre son tres: el mundo, el demonio y la carne; no sólo el demonio. Aparte de él está impulso que recibimos de otros, de sus incitaciones, de su mal ejemplo... de sus escándalos (no solamente sexuales, también intelectuales, o de liderazgo…). Y la carne: nuestra debilidad ante lo placentero, que nos empuja a la traición: a desentendernos del dador de los bienes, a abusar sin más de esos bienes, a usarlos incluso contra los demás. Ocurre esto en la comida, en la bebida, en el sexo, en el uso del dinero, de los bienes en general: los coches, las casas, los objetos, las oportunidades…
Satanás existe y se sirve del mundo y de la carne, del bien creado. Es una especie de providencia, pero en negativo. De igual modo que Dios es capaz de servirse de cualquier cosa, incluso del mal, para sacar un bien, así el demonio es capaz de servirse de cualquier cosas, incluso del bien, para sacar un mal.
Por fortuna existe también el ángel que sirve a Jesús, al Hijo; existe la oración: la Providencia, el Padre que escucha ese “líbranos del mal, no nos dejes caer en la tentación”.
Pero tiene que ir unido a la serena fortaleza de rechazar nítidamente el mal: no sólo de pan vive el hombre… Usando sobre todo la propia Palabra con que Dios nos ha dado su fuerza; también las luces de su esposa la Iglesia. Luces que brillan siempre en nuestra conciencia formada por la gracia y por su palabra.

martes, 21 de febrero de 2012

¿Alguien puede perdonarme de verdad?


To 7 b  El paralítico de Cafarnaúm
El credo que recitamos en la misa afirma con gozo: “¡creo en el perdón de los pecados!” Las culpas pesan mucho, y cuesta mucho perdonar al otro, incluso perdonarse a uno mismo. Entre otras razones, porque desespera ver que lo hecho, hecho está: que el mal no tiene en realidad remedio: tiene efectos reales, consecuencias; y que la mancha, si la reconozco, me afrenta ante los demás y ante mi propia conciencia. “Mi pecado es demasiado enorme. Cualquiera que se encuentre a Caín, lo matará”, decía a Yahvé Caín cuando por fin aceptó que había sido el asesino de su hermano.
“Creo en el perdón de los pecados”: creo que Dios es capaz de hacer al hombre de nuevo, de cambiar hasta lo que no tiene remedio… Jesús hizo un milagro para que pudiéramos hacer esta afirmación.
En Jesús, Dios mismo viene a nosotros, pasa por alto los defectos, los errores, las culpas de aquellos hombres (y los míos). Se acerca y nos busca. En cuanto en un alma empieza a nacer correspondencia a ese amor, se empieza también a borrar la ofensa; y el alma empieza a dolerse, a arrepentirse, pero también a curarse,  a cambiar, a llenarse de alegría; porque hay dolores que curan, hay sufrimientos que devuelven la alegría al corazón.
El amor de Dios nos cura, transforma el corazón y la vida: es capaz de hacer nacer la salvación hasta del pecado, del error: por eso había anunciado en Isaías: “mira, todo lo hago nuevo, todo lo transformo”.
Podemos pensar ahora en nosotros, en nuestras intransigencias con las culpas: a veces no somos capaces ni perdonar las equivocaciones o los defectos de gente que nos quiere y no son malas persona, pero se equivoca o tiene un defecto: no es que no le perdonemos un mal, es que no le perdonamos que sea así: nos irrita y, en vez de intentar ayudar o corregir, se lo reprochamos de continuo, nuestra propia irritación exagera el defecto, hasta volvernos maniáticos.
El arte del perdón. Diría que también a uno mismo: saber aceptar nuestras limitaciones, reconocer nuestros errores, disculparnos ante Dios de nuestras culpas…
Pero, no: de tan protectores del yo, somos los reyes de la justificación, incluso cuando pedimos disculpas: perdona que me haya enfadado, pero es que no sabes qué pesado te has puesto (el mérito es encima nuestro)…
El Señor nos ha ofrecido esa maravilla de aprendizaje que es el sacramento del perdón: allí nos encontramos con este mismo Jesús, que nos mira con sus ojos penetrantes y llenos de amor y de amistad: nos escucha, nos anima, nos enseña, nos corrige… es un tesoro: nos ahorraríamos toneladas de pastillas, y de lágrimas de quienes nos quieren y a quienes hacemos sufrir con nuestros empecinamientos. Aprenderíamos también a perdonarnos a nosotros mismos, a soportar la realidad de nuestros límites, de nuestros errores, perfectamente compatibles con el hecho de que el Señor nos quiera y cuente con nosotros: compatibles con nuestra llamada.
Una idea que os ofrezco: llevemos a nuestros amigos, como hicieron aquellos cuatro; y dejémonos llevar también nosotros, cuando no seamos capaces de sacar la fuerza de ir por nuestras propias pies.

viernes, 17 de febrero de 2012

Jesús y el leproso




To 6 b
Si tú quieres, puedes limpiarme
La durísima ley profiláctica sobre los leprosos, que se remontaba a Moisés, sirve de marco hoy a la maravilla de este encuentro de Jesús con uno de ellos. 
Al ver que aquel Rabbí cura a los enfermos y expulsa a Satanás, nace en aquel hombre la fe en Jesús como verdadero Mesías de Yahvé; y se acerca a él convencido de que Yahvé, que es padre de los pobres, no le rechazará.
Con una maravillosa sencillez le dice: “Si quieres, puedes limpiarme”. Es maravillosa la humildad y la confianza con que pide, el abandono. ¡Qué lección para nosotros, para nuestras enfermedades! Sobre todo para las enfermedades del alma: las que nos comen por dentro, nos sacan de la comunidad, de la vida entre los hermanos…
Jesús tiene con este hombre un gesto liberador y lleno de amor: lo toca sin reparo. Muestra su señorío sobre el mal y su amor por los que lo sufren, premia su fe: queda limpio…
Así ha hecho la Iglesia (y sigue haciendo) con los enfermos de lepra y de otras enfermedades que suponen un estigma social, sin temor y a sus propias expensas. Uno de cada cuatro enfermos de sida del mundo es atendido por una institución sanitaria católica. Esto es una maravilla y así ha de ser siempre: es el evangelio encarnado.
Hablábamos de la Jornada del enfermo. Yo os animo a que sigamos teniendo  todo el año esto muy presente, que no dejemos de promover el acompañamiento, la atención de los enfermos, incluso de personas que no tienen que ver con nosotros; aunque digo mal: porque son nuestros hermanos.
A la vez, no os olvidéis hoy de los que tienen alguna enfermedad terrible del alma: alguna atadura que les impide volar: rezad siempre por ellos, no os apartéis nunca de ellos: tocadles con vuestra caridad.
Y si alguna vez somos nosotros los ‘agraciados’ por un mal moral que nos domina, no dudemos en ir al Señor con la sencillez de este hombre: Tú puedes curarme, no me dejes, no pases por delante: limpia mi corazón.

viernes, 20 de enero de 2012

2º Domingo TO Cuando Dios llama

To 2 b 2012 La vocación y la pureza. “Rabí, ¿dónde vives? Venid y lo veréis” Hoy la liturgia nos habla de la vocación, de la llamada de Dios: Dios llama al hombre: Adán. Llama también misteriosamente a cada hombre. En su conciencia, en sus sueños. Dios llama porque es alguien, no algo. Invita a seguirle, a conocerle, a amar su voluntad Unos sienten la llamada muy jóvenes, otros a mitad de camino, al final: pero llama a todos, porque es el creador de todos, el salvador de todos. Dios llama. En la antigüedad, de un modo muy misterioso e interior, como a Samuel niño. A nosotros, a través de Jesús, se hace el encontradizo como a aquellos primeros: tú eres Simón, yo te conozco. Entabla un diálogo A todos los hombres, de alguna manera. Cuenta con que nos ayudemos unos a otros: hemos hallado el Mesías. Uno al año Aunque tal vez los primeros que debemos responder somos nosotros, los que estamos aquí. Comenzar a seguirle, al menos; a escucharle, a participar de su aventura El mundo necesita la vocación de hombres, mujeres, niños, ancianos; de profetas, reyes, sacerdotes: y vosotros lo sois, por el bautismo, la confirmación, la eucaristía Pero hay que escuchar a Dios que llama, hay que ponerse a disposición… No falta llamada de Dios, sino gente que esté dispuesta a oírle Hay cosas que aturden la mente, que taponan el oído, ciegan… entre ellas está esta de que nos habla hoy Pablo: la impureza sexual. Impide escuchar la voz de Dios, como ocurre en general con esas ataduras espirituales que son los vicios. Se puede hacer una broma publicitaria, como la de Saturn: la avaricia me vicia. Hasta que se ve que es verdad, no es una broma. "El cuerpo no es para la fornicación, es para Dios" La impureza sexual hace en primer lugar daño a los mismos que lo comenten, porque mata la capacidad de amar limpiamente, con sacrificio y entrega, con realismo, con verdadero conocimiento mutuo… y construir el hogar y la sociedad Es preciso limpiar un poco la Red, hay una ambiente hipersexualizado; pero sobre todo puede estarlo nuestra mirada y nuestras costumbres. Hacernos fuertes y limpios ante la banalización del amor. Y también ser más prudente para evitar caer, para evitar la tentación. Más firmes en el trato entre nosotros para defendernos honestamente de la debilidad de nuestras inclinaciones Pedir a la santísima Virgen la santa pureza para todos los cristianos, de modo que podamos también impregnar la vida social con su aroma