miércoles, 29 de junio de 2016

Ven, Espíritu Santo

(Pentecostés, 15 de mayo 2016)



Hoy se celebra de rojo en recuerdo de las llamaradas de fuego que aparecieron sobre los discípulos reunidos con María y con los Doce. No se manifestó como una paloma, sino como un fuerte y repentino viento, y especie de lenguas de fuego que se dividían y se posaban sobre cada uno. Quedaron transformados por dentro; ya no fueron nunca los mismos… Y, juntos, fueron la Iglesia. Viva desde entonces; nunca desaparecerá. Hubo persecuciones, divisiones, errores y meteduras de pata. Se hicieron mejor o peor las cosas. Hubo santos y pecadores (o mejor, pecadores santos, y pecadores que se quedaron con su pecado…) Pero siempre se cumplió lo que Jesús había dicho un día a Pedro: “ni el poder del infierno podrá con ella”.

Recibieron "todos" el Espíritu santo
Recibieron todos el Espíritu santo. Suelen representarse los 12 junto a María, pero con María estaban los demás discípulos y discípulas. Por eso a todos se nos transmite en la en el sacramento de la Confirmación. Todos lo recibimos. En oriente el sacramento se otorga inmediatamente después del bautismo incluso a los niños. En occidente, cuando se trata de un niño, se espera a que sea mayor, y se le invita a que responda, que renueve las promesas bautismales personalmente… En cualquier caso, un cristiano sin Confirmación está como a medio hacer, es igual que un bautizado que no nunca hubiera comulgado. Son los tres sacramentos los que "hacen" al cristiano, lo completan. Si hay aquí algunos sin confirmar, gustosamente les invito a hacer la catequesis el próximo año y recibiréis el don del Espíritu santo también: "sopló sobre ellos y les dijo: 'Recibid el Espíritu santo'...
Por supuesto, recibir simplemente los sacramentos no lo es todo para ser cristiano. Los sacramentos son como toques de Jesús en el alma -como cuando tocaba a un enfermo para sanarlo-, pero luego hay que caminar: "levántate y anda", camina. Camina hacia el cielo, o sea, hacia la perfección cristiana: revístete de la caridad de Cristo, anuncia su evangelio, santifica tu trabajo, fórmate en el conocimiento del evangelio y la vida de la Iglesia.
Hablar lenguas, hablar con obras
Salieron los discípulos a la calle ante el asombro de todos, que les entendían cada uno en su lengua. Termina la Pascua: Salgamos de aquí a anunciar el Evangelio con nuestra palabra y nuestra vida. Es el lenguaje que todos entienden; es la lengua del corazón, de la caridad, de la honradez, de la generosidad...


Ascensión. ¿Ver para creer?

 (La ascensión del Señor al cielo. 8 de mayo 2016)

Echar de menos a Jesús      
En la generación de nuestros padres  y abuelos se decía: "Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Cristi y el día de la Ascensión". Efectivamente, aunque lo celebramos hoy, domingo, veis que San Lucas cuenta que este suceso del que fueron testigos los discípulos, la ascensión de Jesús al cielo, ocurrió cuarenta días después de la resurrección, tal día como el pasado jueves. Quizá precisamente por no celebrarlo el jueves no haga hoy buen tiempo... Así, pues, Jesús, desde un jueves como el pasado dejamos de verte con estos ojos, dejamos de ver tu figura, la figura de tu cuerpo; y de oír el sonido de tu voz, y ver la sonrisa de tu boca y percibir el calor a tu vera. Desde entonces sólo te vemos como te vemos ahora: tras la figura de este pan del que un día dijiste: "Tomad y comed, porque esto es mi cuerpo". O cuando escuchamos tus palabras en la proclamación del. "No es fácil, en realidad, acostumbrarse a la ausencia física de Jesús. Echamos de menos su palabra humana, su forma de actuar, de mirar, de sonreír, de hacer el bien. Querríamos volver a mirarle de cerca, cuando se sienta al lado del pozo cansado por el duro camino, cuando llora por Lázaro, cuando ora largamente, cuando se compadece de la muchedumbre. Siendo Dios, se hizo hombre, perfecto hombre, carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre. Y se separa de nosotros, para ir al Cielo. ¿Cómo no echarlo en falta? (S. Josemaría Escrivá)
Pero querría plantearos una pregunta: ¿Lo reconoceríamos si estuviera entre en medio de nosotros? ¿Reconocemos "al que viene en nombre del Señor" cuando llega? Porque lo cierto fue que muchos de los que veían tu cuerpo, escucharon tu voz y palparon tus manos, no creyeron, no distinguieron nada especial, no se dieron cuenta de con quien hablaban… Hombre, diréis, si viéramos los milagros... Pero recordad su queja: "Tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen… se ha endurecido su corazón…"

Cambiar yo, para poder descubrirle vivo
Podríamos también argüir: ¿Y por qué no se nos hace ver más claramente? Pero en seguida me doy cuenta de que él podría contestarnos: ¿Qué claridad falta, la mía o más bien la tuya? "Si tú conocieras el don de Dios -recuerdas que le dice a la mujer samaritana- y quién es el que te dice 'dame de beber'… tú le pedirías a él, y te daría agua viva”, una fuente para ti sólo. Si yo te reconociera, si te descubriera. “Es el Señor”, como san Juan desde aquella barca… "El que me ama guardará mi palabra, y mi padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él…", dijo en otra ocasión, respondiendo a la cuestión de por qué se había revelado a unos pocos y no a todo el mundo.
En fin, estamos terminando la pascua. ¿Ha supuesto en mi un cierto cambio, una mejora, he curado las  heridas, he cambiado mi vida, me he encontrado con él íntimamente, he sentido su poder de curación? Siempre nos quedamos cortos, ¡verdad?. Pero, como aquellos discípulos del día de la ascensión, volvemos contentos a Jerusalén, a la Iglesia, con María, felices. Allí en medio también está -misteriosamente- el Señor.

martes, 7 de junio de 2016

El nuevo mandato

(24 abril 2016. Dom 5 de Pascua, C)
Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: "Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros. (Del capítulo 15 del evangelio según san Juan)

El mandato del amor
Acabamos de escuchar directamente el famoso mandamiento nuevo, el mandato del amor entre los discípulos. Nos estamos refiriendo constantemente a él, porque el amor de caridad es característico cristiano. Pero hoy lo hemos escuchado en su contexto: salie Judas del lugar donde se encuentran cenando la pascua. Jesús sabe lo que significa esa ausencia, sabe lo que Judas trama. Así, sus palabras suenan como despedida y última encomienda, casi como su tesoro. Nada tiene entonces para dejarles como herencia, más que su cuerpo, su Madre... y el mandato: amaos como os he amado yo. Ahora que me voy, que cada uno haga con los demás lo que hacía yo; así todos se darán cuenta de que sois discípulos míos. Como veis, el mandato no tiene nada de dulzón, de buenismo sin más. Jesús se está refiriendo a la verdadera fuerza que los mantenía unidos: el amor con que les trataba a todos era lo que les mantenía unidos entre si. Su dedicación, su comprensión con sus fallos, la defensa que hacía de ellos, la confianza con que les encargó el evangelio ... todo eso les hizo sentirse hermanos entre ellos. "Ahora, hacedlo vosotros"…
Pecados de omisión
Por eso, en la Iglesia, en su interior, esto es lo más importante. Por supuesto, la caridad es igualmente importante en todos los ámbitos de la vida; es la sal de la amistad, la alegría del matrimonio, lo mejor en el trabajo... Cuando se rompe esa concordia interior, todo se deteriora, y la vida se hace durísima para quien lo no experimenta… Juan Pablo II escribió en su primera encíclica estas palabras que no necesitan casi comentario: "El hombre no puede vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente.” Y por cierto, esa experiencia amarga de soledad las podemos provocar nosotros en los demás; no sólo en los amores o lealtades traicionados o la indiferencia, sino también con nuestros pequeños egoísmos, en la convivencia, con esos defectos que hacen sufrir a otros innecesariamente. Por supuesto que a menudo ni nos damos cuenta ni lo hacemos a propósito; sencillamente, es sólo que no pensamos mucho en los demás, nos cuesta hacernos realmente cargo de ellos. Que tengamos siempre un corazón grande, sin cerrarnos en lo cómodo. Que sepamos también confesarnos: "no he querido a esta persona todo lo que debía quererla". San Juan, que es el evangelista que transmite esta conversación, reflexiona también en sus tres cartas: el Amor -dice- procede de Dios. Dios es amor, todo el que viene de él lo comprende. 
Cultivar el amor
Pero tened presente quel amor no es "automático"; lo único automático aquí es el amor propio. Hay que planteárselo para que nazca, hay que mirar con los ojos de Dios, con los ojos de Cristo, de María: de las personas que se sienten llenas de gozo y por ello son las que menos poseen como suyo, como intocable… De hecho, la caridad nace de la generosidad, del desprendimiento; entonces se experimenta y se enamora uno del amor: "Entonces se darán cuenta de que sois discípulos míos".


lunes, 6 de junio de 2016

Papa Benedicto XVI: sobre los católicos divorciados y vueltos a casar civilmente

Benedicto XVI. Exhortación Apostólica post-sinodal Sacramentum Caritatis (n. 29), sobre "La eucaristía como fuente y culmen de la vida y la misión de la Iglesia", publicada el 22 de febrero de 2007, 

Está más que justificada la atención pastoral que el Sínodo ha dedicado a las situaciones dolorosas en que se encuentran no pocos fieles que, después de haber celebrado el sacramento del Matrimonio, se han divorciado y contraído nuevas nupcias. Se trata de un problema pastoral difícil y complejo, una verdadera plaga en el contexto social actual, que afecta de manera creciente incluso a los ambientes católicos. Los Pastores, por amor a la verdad, están obligados a discernir bien las diversas situaciones, para ayudar espiritualmente de modo adecuado a los fieles implicados.[92] El Sínodo de los Obispos ha confirmado la praxis de la Iglesia, fundada en la Sagrada Escritura (cf. Mc 10,2-12), de no admitir a los sacramentos a los divorciados casados de nuevo, porque su estado y su condición de vida contradicen objetivamente esa unión de amor entre Cristo y la Iglesia que se significa y se actualiza en la Eucaristía. Sin embargo, los divorciados vueltos a casar, a pesar de su situación, siguen perteneciendo a la Iglesia, que los sigue con especial atención, con el deseo de que, dentro de lo posible, cultiven un estilo de vida cristiano mediante la participación en la santa Misa, aunque sin comulgar, la escucha de la Palabra de Dios, la Adoración eucarística, la oración, la participación en la vida comunitaria, el diálogo con un sacerdote de confianza o un director espiritual, la entrega a obras de caridad, de penitencia, y la tarea de educar a los hijos.
Donde existan dudas legítimas sobre la validez del Matrimonio sacramental contraído, se debe hacer todo lo necesario para averiguar su fundamento. Es preciso también asegurar, con pleno respeto del derecho canónico,[93] que haya tribunales eclesiásticos en el territorio, su carácter pastoral, así como su correcta y pronta actuación.[94] En cada diócesis ha de haber un número suficiente de personas preparadas para el adecuado funcionamiento de los tribunales eclesiásticos. Recuerdo que « es una obligación grave hacer que la actividad institucional de la Iglesia en los tribunales sea cada vez más cercana a los fieles ».[95] Sin embargo, se ha de evitar que la preocupación pastoral sea interpretada como una contraposición con el derecho. Más bien se debe partir del presupuesto de que el amor por la verdad es el punto de encuentro fundamental entre el derecho y la pastoral: en efecto, la verdad nunca es abstracta, sino que « se integra en el itinerario humano y cristiano de cada fiel ».[96] Por esto, cuando no se reconoce la nulidad del vínculo matrimonial y se dan las condiciones objetivas que hacen la convivencia irreversible de hecho, la Iglesia anima a estos fieles a esforzarse por vivir su relación según las exigencias de la ley de Dios, como amigos, como hermano y hermana; así podrán acercarse a la mesa eucarística, según las disposiciones previstas por la praxis eclesial. Para que semejante camino sea posible y produzca frutos, debe contar con la ayuda de los pastores y con iniciativas eclesiales apropiadas, evitando en todo caso la bendición de estas relaciones, para que no surjan confusiones entre los fieles sobre del valor del matrimonio.[97]

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lunes, 30 de mayo de 2016

Una breve historia del Concilio Vaticano II


En la Iglesia de hoy, todo lo que se vive o no, se discute o se acepta; todo lo que tiene de crisis o de nuevo rumbo, tiene su punto de origen en un evento eclesial concreto: el concilio ecuménico Vaticano II, que se celebró en Roma entre el 11 de octubre de 1962 y el 8 de diciembre de 1965. Conocer la génesis y desarrollo de aquel acontecimiento es, en parte, clave para comprender. El autor de esta monografía histórica ha logrado -a mi juicio- un relato coherente, ordenado y hasta ameno de los antecedentes, los hechos, las personas. Un relato bastante equilibrado y sin prejuicios, benévolo en general, sin parcialidades ni torsión para apoyar las posturas o situaciones contemporáneas, en este momento en que algunas discusiones o acontecimientos recuerdan en algún aspecto la monumental crisis que supuso entonces el enfrentamiento entre diversos grupos, con visiones dispares del rumbo que la Iglesia debía tomar a partir de aquel encuentro. Por eso lo recomiendo a quienes estén interesados en conocer una buena síntesis. Aunque se haga necesario cierto conocimiento previo de la cuestión, y un poco de pasión personal por el tema. 


"El autor de este ensayo, Philippe Chenaux (1959), es catedrático de historia moderna y contemporánea de la Iglesia en la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Lateranense (Roma), donde dirige el Centro Studi e Ricerche sul Concilio Vaticano II. Es también miembro del Pontificio Comité de Ciencias Históricas. Entre sus numerosas publicaciones destacan las biografías dedicadas a Pío XII y a Pablo VI. El Concilio Vaticano II, que apareció en italiano en 2012, es un libro que podemos adscribir al género de síntesis histórica. Este carácter sintético se aprecia en la cantidad de información que aporta, con el mérito de no hacer árida ni pesada la lectura, sino de transmitir lo fundamental de una manera clara y ordenada" (Santiago Casas, en Aceprensa)

Sobre los católicos divorciados vueltos a casar civilmente





Exhortación apostólica post sinodal "Familiaris consortio", 22 nov. 1981, sobre el Matrimonio y la familia (n. 84)


En unión con el Sínodo exhorto vivamente a los pastores y a toda la comunidad de los fieles para que ayuden a los divorciados, procurando con solícita caridad que no se consideren separados de la Iglesia, pudiendo y aun debiendo, en cuanto bautizados, participar en su vida. Se les exhorte a escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio de la Misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la comunidad en favor de la justicia, a educar a los hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia para implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios. La Iglesia rece por ellos, los anime, se presente como madre misericordiosa y así los sostenga en la fe y en la esperanza.

La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su práxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio.

La reconciliación en el sacramento de la penitencia —que les abriría el camino al sacramento eucarístico— puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación, «asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos».

Del mismo modo el respeto debido al sacramento del matrimonio, a los mismos esposos y sus familiares, así como a la comunidad de los fieles, prohíbe a todo pastor —por cualquier motivo o pretexto incluso pastoral— efectuar ceremonias de cualquier tipo para los divorciados que vuelven a casarse. En efecto, tales ceremonias podrían dar la impresión de que se celebran nuevas nupcias sacramentalmente válidas y como consecuencia inducirían a error sobre la indisolubilidad del matrimonio válidamente contraído.

Actuando de este modo, la Iglesia profesa la propia fidelidad a Cristo y a su verdad; al mismo tiempo se comporta con espíritu materno hacia estos hijos suyos, especialmente hacia aquellos que inculpablemente han sido abandonados por su cónyuge legítimo.

La Iglesia está firmemente convencida de que también quienes se han alejado del mandato del Señor y viven en tal situación pueden obtener de Dios la gracia de la conversión y de la salvación si perseveran en la oración, en la penitencia y en la caridad.