jueves, 4 de diciembre de 2014

La luz, del interior

Todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento.
Nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti; pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas en poder de nuestra culpa.
Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano. Tu nombre de siempre es "nuestro redentor".
iOjalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia! Bajaste, y los montes se derritieron con tu presencia.
(De los caps. 63 y 64 del libro de Isaias)


Adviento
Adviento es una palabra extraña y evocadora. Evocadora porque trae al pensamiento la Navidad, ya próxima. Nosotros celebraremos esta cuatro velas, estos cuatro domingos, recordando las últimas semanas de María y José expectantes del parto. María se acaricia el vientre y siente...  Nosotros no estamos "esperando a Godot", a un dios teórico e inexistente en la práctica; acariciamos a Jesús ya en el seno... Es también palabra extraña -la de Adviento- porque no tiene otro uso en nuestro lenguaje que el del tiempo litúrgico. En realidad significa algo tan común como advenimiento o llegada, e indica precisamente un tiempo litúrgico de espera: la espera del Señor. Nosotros somos gente que está esperando algo, que vive esperando al Señor. 
Sabemos de dos venidas del Señor: una fue esa llegada silenciosa y como oculta que sucedió en Belén, de noche. Fue, desde luego, anunciada a bombo y platillo, pero sólo a unos pastores. Fue anunciada con una gran señal en el cielo... pero sólo unos magos de religión parsi, seguramente, paganos, la percibieron. La otra venida, la final, será cuando él mismo venga con toda su gloria y todos sus ángeles junto a él, y todo el mundo lo vea, lo contemple, quiera o no… Porque él ha venido a reinar: "¡Venga a nosotros tu reino!". 

La llegada oculta
Pero entre la primera y la última venida, hay una tercera del Señor. Él viene -de un modo misterioso e invisible- a cada hombre. Lee uno la Escritura y el propio corazón le dice a uno: -"¡eso que estás leyendo es verdad!". Te acercas a comulgar -con un simple signo memorial- y suenan en tu memoria sus palabras: "esto es mi cuerpo, el que coma de este pan vivirá para siempre…". Recibes del sacerdote la absolución tras tu confesión sencilla y humilde, escuchas el "yo te absuelvo de tus pecados...": y percibes que es él mismo el que te lo dice. Jesús se acerca a ti también y viene cuando haces de corazón una obra de misericordia: "cuantas veces lo hicisteis con uno de estos mis pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis", y no sólo si se trata de un indigente materialmente hablando, sino también cuando es alguien necesita tu ayuda, tu perdón, tu sonrisa, tu obediencia… En todas esas cosas él viene. 
La luz viene de tu interior, o no viene
Cuando uno lo va recibiendo una y otra vez así de ese modo, resulta que se va formando en ti su figura: en tu rostro, en su paz, en tus palabras, en tu consejo, en tu obediencia. Y parece nacer él de nuevo en tu familia, en tu ambiente… Con flaquezas y meteduras de pata, como los pastores, ves que Niño Dios se hace presente, nace, crece y se desarrolla. Y descubres también a María y a José a tu alrededor, y ves de nuevo sus discípulos, en tus hermanos… ¡El mundo cambia de semblante!, se ilumina la vida. Porque lo que ilumina el mundo nace en realidad de dentro de ti. Lo de fuera puede ayudar o no, pero si uno está triste por dentro, por ejemplo, o le come la desesperanza o el odio... ¿sentirá la alegría del mundo porque pongan bombillas en la calle Serrano? Le dará igual todas las bombillas que pongan en Serrano o en la Gran Vía: no habrá luz interior alguna con que mirar el mundo y la vida. 

Precisamente por eso celebramos nosotros una y otra vez la Navidad, nos llenamos de gozo y nos damos ánimos al recordarla. Sí, decimos: - Jesús, tú naces también hoy, siempre, en mi casa, junto a nosotros. Por eso te pongo el pesebre, para recordarlo; y lo celebro con toda mi familia y, si pudiera, lo haría con todo el mundo. Y sé que el día que no celebremos la navidad se habrá acabado el cristianismo. Aunque nunca sucederá, porque siempre la celebrarás tú con alguien, aunque sea con una jovencita y su marido, unos animales y sus pastores, con unos ancianos abandonados por sus hijos... Se puede también celebrar la Navidad en el dolor de la soledad, de la enfermedad, del trabajo o de la persecución, como lo celebrarán este año en algunos sitios de oriente medio. No se podrá celebrar siempre con una gran cena, o con una gran ceremonia, pero no importa. También a ellos se lo haremos llegar, les miraremos con luz de nuestro interior con que se ve la navidad.

"¡Preparad un camino al Señor!" Pero prepararse. Cómo María, cómo José, esperan. ¿Cómo te preparas tú? Es tiempo penitencial, o sea de alegría: no hay mayor alegría que volver al amor. "Vuelve a casa por navidad"; pero no como en el anuncio, sino de verdad. cómo tú? Piensa y hazte tu plan. 

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